Cinco poemas - Arturo Gutiérrez Plaza
Kenrick Mills
La costa abandonada
De niño descubrí en la soledad
alivio a mi timidez. Allí imaginé
amistades perdurables, nacidas
para custodiar los mismos secretos.
Fue también, por entonces, que el mar
me enseñó a no alcanzar la arena con los pies,
y a pesar del temor a la resaca,
siempre venció en mí el deseo
de ver a lo lejos la costa abandonada.
Poco a poco, me quedé flotando en lo hondo
hasta alcanzar el hábito de inventar la nostalgia;
esa que ahora se me da tan naturalmente.
No tengo otro modo de ser, pues todo
lo que hago, sin haber sido, ya es pasado
que añoro a la distancia.
Algunos voltean al caminar,
yo avanzo con aplomo,
mirando de frente lo perdido.
El moscardón
Para existir, siendo apenas
un huevo
fui abandonado.
Aprendí a aclimatarme
en la pelambre de una vaca ciega,
que parda y enjuta abrevaba en soledad.
Sedienta hasta el desespero
se lamía y lamía, con su pastosa lengua.
Un día, me tragó con desgano.
Así viví mi odisea. Y tras infinidad de vericuetos
estomacales, finalmente,
llegué a su intestino. Allí
moré cálidamente,
hasta encontrar mi lugar entre excrementos.
Hecho larva, una mañana,
mi vaca ciega decidió defecarme
a la sombra de un apamate.
Ahora retozo y vuelo alegre
y escucho a Korsakov,
pero no danzo sobre flores.
Feliz hago mi vida, efímera
y previsible como la de cualquiera.
Y así vivo, al dictado de mis herencias,
pues no nací becerro
Soy hijo de moscardón.
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El equilibrista
«No sueñes. Ya no fue en esta vida».
Me insiste una ronca voz
mientras duermo.
Yo escucho lo que puedo
y me encuentro perdido,
me siento al borde de mis sueños
caminando como un equilibrista
o un forastero que ha cruzado
una frontera, sin saber
de dónde viene
ni adónde va.
Me siento en el borde,
estiro mis orejas
y con los dedos escarbo adentro
en lo hondo
hasta alcanzar el eco de esa voz
balbuceante entre martilleos
que me repite:
«despierta, ya no fue».
Solo entonces acuso recibo
y me levanto. Contemplo
el día iluminado
y salgo a vivir un día más.
Mensaje de Customer Service
No pierdas la esperanza.
Tal vez mañana
al fondo de algo,
en algún cajón maloliente,
oculto entre la ropa por zurcir,
al fondo del basurero,
tal vez solo y malogrado
en el piso,
detrás de la cocina,
en el hoyo de la pared por el que los vecinos
te espían en la madrugada,
quizás, bajo la pata de una silla,
junto al polvo cautivo
por el peso de una alfombra,
en algún lugar,
caído de improviso,
extraviado en una bolsa del supermercado,
tal vez allí encontrarás el mensaje prometido,
no pierdas la esperanza:
el cupón de esa oferta buscada,
un pase sonriente a la felicidad.
Notas para un lugar
Wanderer-To-Come-To-The-Secret-Place-
Where-Waits-The-Discovery-That-Moves-The-Heart
ROBERT DUNCAN
De este lado de la vida
amanece más temprano,
aunque el sol no lo sabe.
De este lado, cuando llueve
no hay paraguas. Todos leen
las nubes con el tacto.
No hizo falta atravesar un río
para llegar aquí, simplemente
me detuve a escuchar las piedras.
De este lado, el futuro nunca estuvo
o ya pasó o se extravió en las costuras
de los bolsillos, sin darnos cuenta.
De este lado de la vida
encontré un día,
un sitio donde estar.