Retrato escrito de Agustín Mechelk, pintor
Tinta y pluma. Óleo. Papel. Tocar la hoja. Los dedos recorriendo la textura, decididos. El pincel. Como un dictado. La punta del lápiz. El fondo. La forma. Carbonilla. Carbonillas. El jardín resplandece. Es invierno y hace calor. Somos amigos. Las formas del tiempo y la realidad son difusas. Instrumentos de precisión, como en el quirófano. La mano es un pincel; es un trazo quirúrgico quien labra. Todo por Casapaís. Escuchar el arte. Merecer las horas. Aquí, mi amigo Agustín se extiende. Y por una hora él es la mano, el pincel, las pesadillas, el taller, los maestros y estas palabras que trabajo aquí para la tinta.
La mano
Es objetivo. La línea, el lápiz. Ambos. Mira a la realidad tal cual es y la delinea. El lápiz le permite sacar los primeros trazos. Como un estudio. Observación. «Se trata de estudiar algo para entenderlo, lo mejor es ser lo más fiel a la realidad posible. Es lo que hacía Leonardo. Leonardo dibujaba todo el tiempo, desde muy chico». Y todo es una experiencia. Un árbol preciso en un parque o un arroyo congelado. En Uruguay o en Holanda, donde sea. ¿Cómo escogerlo? Muy sencillo: el ojo busca, por ejemplo, una figura humana en el árbol. Y comienza a estudiarla, anatómico el proceso, se encuentra con la mano. La mano y el ojo, juntas, haciendo. Entendiendo, disfrutando. Ese es el gran talento de mi amigo. En él resuena una afinidad con las cosas. Por eso las pinta. No hay un por qué y a la vez sí lo hay. Es pintar por el puro placer estético. Recuerda sus andadas en Holanda. Iba todos los días a pintar. Era invierno. «Los dedos los tenía congelados. Y para cualquier otra persona quizás no habría valido la pena. Era más cómodo quedarse en la casa calientito que salir a pintar». Y él pintó. Pude ver sus pinturas holandesas. Páginas y páginas de ríos y puentes congelados, casi abandonados al hielo. Escribe a veces en sus pinturas. Frases aquí y allá desperdigadas. Una de ellas «Faro fantasma». Aquí está el título para esta Casapaís en formación, le dije después. Es el faro fantasma como un eco.
El pincel
Dibuja todos los días. Pocas veces lo he visto sin el cuaderno y la carbonilla o el lápiz en la mano. Trabajamos juntos en un call center, así nos conocimos. Y durante las largas jornadas de trabajo él nos retrató a todos los compañeros. En el contexto de violencia en el que estábamos, sus dibujos fueron un escape para todos. Y así fue siempre. Cuando era pequeño su padre cortaba hojas A4 ya impresas y le daba bloquecitos para que dibujara. A los catorce años fue a un taller, donde le enseñaron los fundamentos del óleo. En esa época cualquier dibujo era valioso. Lo lúdico estaba presente. Luego el adulto observa con detenimiento y cambia. Se vuelve analítico. Así es la vida. Para Agustín, dibujar y pintar son una manera de recuperar el arte como juego. «Creo que ambas caras de la moneda, digamos, deben complementarse». A través de la práctica se va creando una biblioteca mental. Así le llama. Es en parte la memoria del ojo, también la memoria de la mano. Lo azaroso en la pintura es arte también.
Las pesadillas
Sueños reales. ¿Pesadillas? Fantasías diurnas. Tienen algo de apocalípticos sus dibujos, bíblicos. Oscuros. Rotos a veces. También luminosos, amplios, llenos de imágenes vivas. Es sencillo: él contrapone dos conceptos. La pesadilla viene del interior; la luz del estudio natural viene del exterior. De todas formas la luz también es interior. La portada de Casapaís lo dice todo. Una figura de espaldas. ¿Una figura de espaldas? ¿Quién es el personaje? Un cuadro sincrónico con la luz y la oscuridad, con la vida y la muerte. ¿Con la vida y la muerte?
El taller
Fue en el 2021. Estaba en el taller de su maestro, Clever Lara. Tuvo un encuentro con la naturaleza muerta. En esa ocasión «había una botella de Amarula, una canasta con dos manzanas. También había una manzana fuera de la canasta y un mantel blanco. Sobre el mantel blanco estaba un cacharro casi redondo de cerámica o barro. Y un limón envuelto en una franela cuadriculada. Esa era la naturaleza muerta. Aquella fue la primera y la única vez que Clever, el maestro, tocó un cuadro mío. En un momento él me estaba corrigiendo algo porque el soporte absorbía mucho. Y para la manera en que estábamos intentando aplicar la pintura necesitábamos ser bastante rápidos. Yo no tenía experiencia en esa técnica. Entonces Clever se sentó a ayudarme. Estábamos charlando. En un momento de la charla me desconcentré y vi el limón pintado por el maestro. En el cuadro. Y me acuerdo que vi una sombra. Y dije, qué raro, ¿qué le estará haciendo sombra al cuadro? Resulta que la sombra estaba pintada. Ese momento para mí fue de admiración absoluta hacia el maestro. Por la síntesis, la calidad y el conocimiento. Y también para mí, me acuerdo de cuando me fui esa noche del taller. Estaba feliz. Y me di cuenta de que era pintor».
Un día típico en el taller es ir temprano. Siempre hay una charla teórica. Sobre algún pintor, escultor o tema en específico. Dos horas de duración. Luego cada quien trabaja a solas sus pinturas y proyectos. «Es una estimulación intelectual para después dedicarte a lo que estás haciendo». Para Agustín, las obras son un ejercicio. «Si veo que algo está mal y que ya pude sacar de ese tema todo lo que podía sacar para reciclar, lo puedo pintar por arriba y empezar otra cosa». Hay un desapego. «Es que cuando estoy terminando un cuadro pierdo un poco el interés. Y ya quiero hacer algo más. Quiero cambiar a lo próximo». No es bueno quedarse rumiando. Como dice él, es bueno seguir. Habla del arte y del artista. «Estamos aquí haciendo algo que en realidad es efímero».
Los maestros
Desde que conozco a Agustín me habla de Rembrandt. Lo admira. Lo visitó en Holanda. Vio sus obras con una mentalidad de estudio. «Cuanto más conocimiento técnico, más libertad a la hora de expresarse uno mismo». Luego cuenta: «Recuerdo que la primera vez que fui al Rijksmuseum, donde está la Galería de Honor y algunas de las obras más famosas de Rembrandt. No sé si está en el último piso, pero es en un piso alto. Antes de llegar hasta ahí, fui como subiendo paulatinamente por los pisos, como preparando el paladar. El momento que recuerdo fue ver un cuadro que se llama La novia judía, que a mí me gusta mucho, que es del Rembrandt de la década del 60, de su la etapa tardía, la de más madurez. Esa fue la obra que más recuerdo de ese día en particular. Más incluso que La ronda nocturna, que es la más famosa, pero está detrás de un vidrio». Ahí vio el orden de las capas de pintura, estudió a su maestro, visitó una de sus casas.
Le pregunto si quiere ser como él, si quiere traerlo al presente. «Rembrandt ya existió. Ya hubo Rembrandt y solo hay un Rembrandt. Lo importante es entender que cada uno tiene dentro de sí algo que lo hace quien es. Yo soy yo. No soy Rembrandt, no voy a ser Rembrandt jamás. Tampoco voy a ser Clever, tampoco voy a ser Leonardo o Miguel Ángel».
En Italia logró atravesar la barrera del estudio y conmoverse: «La obra de arte que más me impresionó, más incluso que Rembrandt, fue la obra Los esclavos de Miguel Ángel. Los vi en Florencia. Están en la Galería de la Academia. Lo vi tan lejos, tan distante, tan arriba... Sentís la fuerza del genio».
Una vez estábamos en el descanso del trabajo. Agustín era el único amigo que me quedaba en la empresa, después de una serie de renuncias y despidos masivos. A él le gustaba mucho un árbol muerto que yacía en un parque cercano. Fuimos en bicicleta. Solo teníamos 45 minutos para estar ahí. Estuvimos en silencio, mientras el dibujaba el árbol. Solo compartimos algunas palabras ocasionales. El sonido de la carbonilla rayando el papel nos ataba al árbol. Cuando se nos acababa el tiempo de descanso regresamos. Habíamos adornado la libertad con el fondo y la forma de un árbol renacido en el papel.