Mi madre fue el entierro
Está sola.
Allí guardada, esqueleto con bata de médico y remera de béisbol.
Sin uso, sin usar a nadie, calmada, envuelta en un silencio único e incomprensible.
No resplandece, no entibia el agua, la enfría, se cae en el abismo de su caja para siempre.
Es un espiral.
Era, disculpen.
Era.
Vivió en un espiral.
Se reventó la cabeza contra el piso y el cáncer todo salió caminando como una gran oruga de cien dedos y dos cabezas y mil ojos.
La levantaron del suelo, caminaron hasta el cementerio, ardió en su capilla bajo los llantos de los pacientes, abrieron un agujero que termina en el centro de la tierra y la depositaron allí para que cayera.
Y mientras cae dice -sé que está pronunciando estas palabras en este momento, sé que lo hace, que su boca se mueve, que sus labios no son hematomas- dice Amoramor, Amoramor, como si buscara aferrarse a lo único que la rodea, cientos y cientos de espejos y paredes de aire, reflejos de su vida, cayendo más y más, su rostro distorsionado ahora, cayendo más y más, más adentro, como si la ropa fuera arrancada de su cuerpo y ella se quedara desnuda, cayendo y cayendo, y la piel desnudándose de ella también, de los sentimientos que tuvo y no entregó, cayendo centímetro a centímetro durante siglos, el cáncer viendo desde arriba con sus ojos, el cura prometiendo mentiras y hurgándose la nariz, cayendo cayendo cayendo hasta la muerte la mujer, y la sensación no es de calma sino de vértigo, cayendo y cayendo porque allá abajo no hay hoy ni presente ni mañana, solo la risa en los espejos, una palabra amable que nunca pronunció, una dolencia y una vida solitaria, sin cine, sin amigos, sin libros, sin sexo.
Mientras cae, detengamos la mirada en sus senos y fijemos la atención. Cuelgan, fláccidos, fétidos. Sus pezones mantienen el sabor a cenizas rubias. Lo recuerdo bien cuando pienso en mi infancia toda, en los juguetes ya perdidos, en la violencia tan infaltable e infantil. ¿No habré sido yo quien le di de comer toda la vida? ¿Quién se atrevió a besar esos senos? ¿Hubo alguien, acaso, que amó quien era ella, quien se atrevió a ser?
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Me escucha. Me escucha y mira hacia acá, hacia donde estoy y me reprocha. Esto no lo debe saber nadie, ni tú mismo. No mires más. Soy vulnerable y he muerto. Soy tu madre y he muerto. En este momento caigo; no voy al infierno, no voy a ninguna parte. Estaré aquí para encontrarme contigo cuando te toque lo mismo que a mí.
Mi mayor temor siempre fue la imperfección de otros, dice.
Yo estoy bien, le digo. ¿No te parece maravilloso que hayamos llegado hasta este número de Casapaís? ¿Que pueda mantener algo en el tiempo, que pueda amar y crear algo y que miles de personas se unan a mí para crear?
Me mira.
Y así, como si nada, aumenta la velocidad de su caída. Se me pierde de vista.
El cáncer se ríe. Se ríe el cura, se toca los genitales y se huele la mano.
Escucho quizás una palabra, un viento que viene desde abajo. Yo estoy al borde del abismo, junto al cáncer.
El viento tiene un leve olor a alcohol, a manos ásperas, a talco, a perfume.
Espero el golpe.
Cierro los ojos porque no quiero que duela.
Al no mirar, me protejo de la palabra.
Pero el roce de viento no duele.
Ya no duele.
¿Por qué?
¿Por qué no duele el amoramor?
No puedo identificar qué contestó a mi pregunta. Quizás dijo: No tiene sentido lo que estás haciendo. Quizás dijo: ¿Eres capaz de amar? No lo creo. Quizás dijo: No te quiero ver más. No quiero.
Quizás dijo, quizás dijo: Es maravilloso que ames. Gracias. Gracias. Gracias por esto.