Si el viento nos hablara del baile
Sparks Johnson
Basta con escuchar al campo durante un día para entender que no hay vida que no contenga la muerte adentro. Poco antes de la hora del ordeño, los animales se lanzan al charco de barro y yerba verde, los patos de cuello largo les ceden el puesto. Suena el campo y yo arrastro el sonido con la brisa: el agua alterada por las bestias, el aleteo del gavilán, las cosas que se arrastran por el pasto. El ordeño es a mediodía, los obreros almuerzan antes de la faena. Hay dos mayores y uno pequeño, que no ve a su mamá desde los seis años, cuando ella se fue de la hacienda. Apenas hacen ruido, el sol está que revienta el cuero. Solo suena a eso que pica la piel, a sudor y jején. El niño se dibuja una cruz con la uña sobre cada picada. Una garza blanca de pico amarillo aterriza para ver a los animales bañarse, la rodean mariposas que le hacen comparsa. Revolotean a mi favor, con mi ayuda. Una búfala muge, grave, como si estuviera triste, y todas las demás le contestan y suena como si fuera un canto de muerte.
A la hora del ordeño los obreros arrean a las bestias, se meten al charco que le cubre las patas a los caballos, las sacan asustándolas con gritos. Al obrero más chico, que va sin ensillar, algo le frena el trote. Siente un relieve más blando en el fondo del agua, es el cuerpo de un búfalo recién parido. Nació con la mala suerte de que su madre estaba sumergida. Le ata una cabuya al cuello y lo saca hasta la orilla. Llegan los zamuros por el olor de la bosta, por la placenta que la madre todavía no ha terminado de botar al monte, por el cuerpo del bucerro muerto.
El rebaño muge de camino a la vaquera. Las madres por un lado, las crías por el otro. La garza blanca de pico amarillo los sigue, las mariposas la acompañan como cortejo. La brisa trae el olor a bosta y a leche fresca, ácido y dulce. Ese que se mete caliente por la nariz y que provoca aspirar hondo, hasta la náusea. Y las madres recién ordeñadas regresan junto a sus hijos, menos la que parió en el charco. Esa sigue con la vulva hinchada y los zamuros a cuestas.
Hay un potrero plagado de apamates todavía pequeños, con el tallo escuálido, que se propagan como monte. Tengo la tarea de arrancarlos para darle espacio al ganado. Pasa por el lado un río, que a veces se seca y a veces se come la tierra. En el campo pocas veces hay tregua entre la sequía y la tormenta. El ganado entra pisando el pasto, extrayendo todo el olor a verde, se echa y abre zanjas con sus cuernos. Zanjas que luego se llenan de agua y forman charcos de barro para que los animales se refresquen, y donde quizás alguna madre vuelva a parir una cría condenada a la muerte.
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Al fondo se alborotan los monos en las copas de los samanes. La tarde arropa la sabana, opaca a los verdes y las siluetas se ponen oscuras, ya no están ni los patos, ni la garza, ni las mariposas. Es el único momento en el que yo me calmo y la temperatura baja. Ahora son los árboles los que hablan. Y el rebaño se tira al suelo. El niño que no tiene madre se pasea por última vez antes de que llegue la oscuridad, justo a la hora en la que el ojo no sabe si es de noche o de día y no se acostumbra y no se puede ver nada más allá de un metro. Al niño se le eriza la piel con el último grito de los árboles y apura el paso para guardarse en casa mientras afuera no haya más que sombras. La noche en el campo suena mucho más que el día. Sonidos siniestros, a los que no se les puede dar forma de animal, sonidos que a veces silban armónicos y a veces son golpes secos. De dónde vienen, ni yo soy capaz de mirar. Pero al día siguiente nunca amanece un árbol caído, en cambio sí alguna bestia muerta.
Así pasan las horas, hasta que el morado rompe el cielo y los pájaros se atreven a volar de nuevo. El ganado muge, y aparece la garza blanca con el pico amarillo y con las mariposas de comparsa. Los obreros se despiertan antes de que el sol aparezca. Huele a mortecina, los zamuros aún tienen trabajo. Suenan los animales que se arrastran y los que corren a ras del suelo. Ningún día es igual al anterior, sin embargo todos los días tiene lugar el mismo ciclo. Y lo único que es idéntico después de cada noche es mi presencia, yo nunca me voy, yo nunca me muero. Yo que todo lo arrastro. Incluso los lamentos y el miedo. Yo que solo observo, yo que soy el viento.