Casapaís
Cerrados los ojos, la literatura deja de ser abismo para llegar, incontrolable y selvática, al mundo sensible. Esta es, quizás, la característica más evidente del hecho literario: como objeto irreal y real que es no duda en manifestarse elevando los signos, exhibiendo las cicatrices: indaga, nos indaga; quema, nos quema; cura, nos cura. La reverberación produce un efecto único, construido sin vacilaciones: si la literatura nos indaga cerramos los ojos, si la literatura nos quema cerramos los ojos, si la literatura nos cura cerramos los ojos. Cada movimiento es preciso. Buscamos la oscuridad. Empujamos el libro hacia el pecho. Y lo abrazamos. O lo cerramos, también. Todo frente al libro. Con él. Entonces deja de ser libro para ser espejo, lanzallamas, opioide. Nos aterroriza seguir leyendo. Pero no podemos parar. Seguimos. Las posibilidades siguen allí: el papel puede continuar el interrogatorio, avivar el fuego o paralizar el efecto analgésico. Seguimos. La mente ha encontrado un nuevo laberinto. Y se pierde. Y lo disfruta. Por eso estamos aquí, hoy, obsesionados con las palabras, la humana necesidad.
Las palabras importan. Importan tanto que el gobierno nicaragüense ha desterrado implícitamente a un maestro de la palabra, Sergio Ramírez, y quien nos ha permitido publicar uno de sus cuentos, Amanecer desde una ventana, relato fervoroso que trata sobre la corruptibilidad innata del poder y las consecuencias devastadoras que una acción volcada hacia la libertad tiene para los padecientes de las dictaduras. Su última novela, Tongolele no sabía bailar ha sido prohibida en Nicaragua. Eso significa que triunfó la literatura.
Las palabras importan, sin duda. Importan las que cuentan el asesinato homófobo de Samuel Luiz, importan los relatos angustiantes del genocidio venezolano, importan las palabras que logran el laberinto: que los lectores cierren los ojos para cuestionarse, quemarse y curarse, todo a la misma vez. Casapaís nace con esta intención: regalarle a la lengua española un motivo para cerrar los ojos y transitar el laberinto.