No vengo en otro tamaño
Alexander Andrews
La estrella original ha muerto
Isaac Asimov
1
Voy a contaros una historia. Érase una vez. Cof, cof.
Érase una vez. Vivieron felices unos pocos. No lo vas a entender, tampoco te lo voy a explicar.
Aprendí algunas de sus lenguas. Porque las duraciones no existían simultáneamente, por eso hablaban a través de códigos y estrategias que los separaban en colonias y habitaciones con una ventana mala. ¡Solo pueden ir a un lugar a la vez! Qué extraño nos parecía aquello, pero comprendimos que era nuestro deber ponernos en sus zapatos. Aunque nosotros bien prescindíamos de los zapatos y si tuviéramos bolsillos, estarían llenos de pelusas y púlsares.
A veces bailaban alrededor del fuego. Más tarde bailaron con un dispositivo en la mano. Eran hermosos. Brillaban y se apagaban, aguantando la respiración hasta que volvían a brillar.
Ganaban. Perdían. Fluidos y conceptos emergían de la oscuridad y del ruido. A veces esperaban en un pasillo hasta que la luz del quirófano les avisaba que era hora de volver.
Los humanos inventaron:
La serpentina.
Hacer llorar con un final.
Dostoievski.
No apurarse en los pasillos del supermercado.
Creer que Dostoievski abarca muchas cosas que no necesitan reiterarse en esta lista.
Saltar al vacío.
Los humanos no pueden estar en varios lugares al mismo tiempo.
Pero a veces nos vieron venir.
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2
Nota bimental (yo tengo dos mentes, explicaré más adelante):
La venganza de las abuelas humanas
es caerse
y romperse un hueso
por eso hay que meterlas en una jaulita
y colgárselas en el pecho.
(A la última abuela que enganché le dio un infarto en el culo, o eso fue lo que le dijo al médico cuando se despertó).
…