Cinco poemas de Gili Haimovich
Traducción original de Gabriel Payares (Venezuela)
Hacerse mujer
Mi cabello ya no intenta estrangularme.
En cascadas de oro traicionero,
serpiente a serpiente se escabulle
para sembrarme de tumores las axilas.
Nuestro invierno
En las noches frías
nos enroscamos sobre el otro,
dos alambres de púas
hendidos entre sí,
y el cuerpo se electrifica.
Solamente así sabemos recargarnos.
Un cuerpo como un abismo
Las mujeres con el tiempo se aprenden a hablar
a la manera de los árboles,
con crujidos que recuerdan al gorjeo en su interior.
Sus cuerpos entonces se tornan abismo.
¿Quién se arriesgaría a zambullirse en su interior?
Consolación
Cuando soy invisible
me puedo aproximar a mí misma,
y observar hacia adentro como en un tubo de ensayo.
Allí estoy en pliegues,
como en su concha el caracol,
allí soy una división, una entidad informe,
que se quiere expandir,
fundirse en libertades,
y a la vez ser contenida, abrazada, hasta alcanzar la pertenencia.
A través del cristal de mi tubo de ensayo
veo los sitios que quedaron atrás, surcos dentro de mí,
como filas de asientos vacíos en un teatro.
Hago una reverencia en el escenario, que es mi pecho,
y aguardo por una palmadita en la espalda,
y también por el retorno de los fantasmas,
que me pondrán a dormir
en la cuna del romanticismo.
¿Me sorprende acaso que ninguno se aparezca?
Tarde o temprano mi ser invisible me abandona también,
y le juro que la próxima vez, cuando regrese,
recibirá de mis manos un premio de consolación.
El cangrejo (o la armadura de papel)
Un nuevo día te derrota en un callejón.
Has aprendido a andar de espaldas
sin vergüenzas
como los cangrejos
pero también sin su armadura:
tienes apenas una máscara de papel
adherida cual vendaje a tu rostro
silenciándote la boca.
¿Has finalmente aprendido
a complacer a los demás?
¿O al menos a lucir indiferente
cuando temblando compruebas
si aceptan los obsequios de tu atención?
No se trata de que desconozcas
lo que tienes para dar
ni que te dejes pisotear,
quebrar tu armadura de papel,
rasgar el vendaje que cubre la herida.
Simplemente estás cansada de intentarlo
—un esfuerzo inútil, de todas maneras—
y el descanso ya no logra repararte.
Has debido aprender
en los sitios en que amablemente se te ignora
y no donde te hacen con ello un desplante:
de otro modo te escudarías
únicamente
en la rabia.
El mar no cura de sus pinzas al cangrejo.
Y ninguna mariposa necesita sanar de sus antenas.