Mis primeras canciones

En el huayno ha quedado toda la vida, todos los momentos de dolor, de alegría,

de terrible lucha, todos los instantes en que fue encontrando la luz

José María Arguedas 



Ese día comenzó a las seis de la mañana. Me levanté antes que mis hermanos. No antes que mamá. Ella miraba un programa de conciertos de huayno en la televisión. Por entonces, la casa era pequeña —en realidad un cuarto, en el que cabían camarotes, cocina, sala. A pocos centímetros sonaba, a un volumen bajo, una canción de Dina Paucar. Le gustaba esa canción. La tarareaba en voz baja mientras comenzaba a preparar el desayuno. Es curioso que pudiera hacer las cosas con tan poco ruido. O puede que fuera muy temprano para que el ruido pudiera vencer en los demás el cansancio del sueño. Ese día descubrí cómo se sentía el gusto por la música. 

 

—Hoy iremos a visitar a mi tío —me dijo, al notar que estaba despierto. 

 

Los sábados casi siempre me despertaba temprano, pero no me levantaba de la cama. Tampoco había mucho a dónde ir. Así que esperaba que terminara Canto Andino —así se llamaba el programa— para que comiencen los programas de dibujos animados. Algunas canciones me gustaban más que otras, aunque al principio se me hizo difícil soportar lo chirriantes que eran los instrumentos. 

 

Claude Ferrier, uno de los grandes estudiosos del huayno, señala que el sentir musical andino prefiere los sonidos agudos a los graves. Una herencia cultural que se ha mantenido en el gusto, quizás a manera de resistencia inconsciente contra la influencia de occidente, donde el sentir musical está dominado por los sonidos graves. La presencia del bajo eléctrico en las producciones musicales, iniciada a partir de los años sesenta, ha ido acoplando poco a poco el gusto por el sonido grave en las canciones del huayno. Sin embargo, las notas agudas de arpas y guitarras en los coros e introducciones son los amplios protagonistas en los huaynos más populares. 

 

Uno de los arpistas más célebres del género es el perteneciente al dúo de hermanos Lucio y Tomás Pacheco. Un grupo formado por un arpista y un extravagante intérprete del cual papá solía hacer bromas sobre su sexualidad. No era el único. Cuando sonaban sus canciones en alguna reunión familiar siempre había alguien que soltaba un comentario sobre eso, como para entrar en un tema en el que todos podían hablar y reírse por igual. Por lo general, los cantantes con esa delicadeza y finura eran los más exitosos en el huayno de esos años. Paradójico, considerando lo extraño que es encontrar un caso de una persona abiertamente gay en la sierra peruana —en mi pueblo solo se conocía el rumor sobre un señor, aunque no pasaba de eso y nadie lo decía en público, y menos el señor.

 

La canción que papá ponía en las reuniones familiares era Recordé tu nombre, de los hermanos Pacheco. Una canción sobre un hombre que vuelve a su pueblo, recuerda un gran amor de años pasados, pero cuando comienza su búsqueda los vecinos le avisan que ya se había marchado. Una de las tantas historias universales de la literatura romántica. La escucho ahora, más de veinte años después, en un videoclip de baja resolución de Youtube, y creo que esa no era la historia que les interesaba. Creo que es una canción sobre lo perdido. Sobre volver al pueblo y ya no encontrar lo que sea que esperabas encontrar. Pensaba en ella cuando volví al pueblo después de seis años. Papá me presentaba de nuevo con cada uno de los vecinos con los que se topaba y a los que yo por una cuestión de respeto debía llamar tío o tía. Las fachadas de las casas y la vestimentas de la gente eran casi las mismas que las de esos antiguos videoclips. Pero se sentía todo un poco más vacío. El ritual del asesinato del toro con una estaca directa a la nuca, la plaza, la comida del día central, la noche de fiesta. Solo tres personas más de mi generación, a lo mucho. Los demás, niños y personas mayores, bebiendo al ritmo de una banda tradicional que reversionaba las canciones más populares del huayno. 

 

Dina Paucar debe ser de las artistas más exitosas del último siglo peruano. Un fenómeno de masas que incluso llegó a tener una serie de televisión basada en su vida. Fue vendedora ambulante, vendedora de desayunos, empleada de hogar, y luego una exitosa artista. De esas historias que nos encantan en Latinoamérica. Gente que tenía todo en contra y logra salir adelante. 

 

Mi madre también trabajó como vendedora ambulante, empleada de hogar y vendedora de loterías en una de las principales calles del centro de la ciudad. Pero ella no es una cantante exitosa de huayno. Hay fotos de su adolescencia en los que participa bailando en los concursos que organizaba la municipalidad de San Rafael. Dudo que se le haya pasado por la cabeza ser una artista en algún momento de su vida. Ni siquiera ser alguien que estudie una carrera profesional. No había muchas esperanzas para las mujeres del campo en los años ochenta. A lo sumo tener una familia con un buen esposo. Vivir con alguien trabajador que le vaya bien en la cosecha de papa —principal fuente de ingresos de esa parte del departamento de Huánuco— o que consiga el suficiente dinero trabajando en las plantaciones ilegales de hoja de coca en la selva. La ambición es una idea que te enseñan. Una cómoda vida de clase media baja hubiera sido el sueño de cualquiera de esos matrimonios del campo. 

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Además, Dina Paucar es huanuqueña e intérprete de una de las mejores canciones peruanas dedicadas a la madre. Una perfecta balada andina llena de toques melancólicos y tristes. Una idealización de la figura materna que hace llorar a los borrachos en las fiestas patronales. Esa canción estaba de moda en esos años y a mi mamá le gustaba bastante.

 

(«Oigo tú voz ya acabada / Y cansada por el tiempo / Veo en tu tierna mirada / La luz de mis esperanzas / Todo el tiempo esperando / Todas las noches pensando / ¿Dónde estarás hija mía? / Te vas la vida acabando». La nostalgia es una de las grandes temáticas del huayno moderno. El recuerdo conmovido en torno a las personas o los lugares amados. En Perú, el fenómeno de la inmigración interna hizo de Lima una capital que concentra cerca del treinta por ciento de la población. Una gran parte de limeños y limeñas —tomando el término como habitantes de la ciudad— son de la región andina. Por porcentajes, se podría decir que la música oficial de Lima debería ser la andina. Pero la discrimanción y racismo están tan insertados en la capital peruana —en donde la palabra «serrano», entendida como proveniente de la región sierra, es usada como un insulto— que la nostalgia por la tierra natal es el sentimiento mayoritario en esos masivos grupos de «limeños»). 

 

Fue la canción que sonó ese día, interpretada por un grupo conformado solamente por chicas. Tomamos el bus en la avenida principal. El viaje duraba más de dos horas, en las que Lima mostraba cada vez más su conocido aspecto desértico. Llegados a un punto, teníamos que tomar otro bus, bastante más pequeño, y luego caminar.

 

El señor nos había visitado un tiempo antes. Era un anciano de canas, rostro limpio y que caminaba apoyado en un bastón de madera. Parecía que tenía algunos problemas en la vista y con sus habilidades para hablar. Mamá lo quería. Cuando fuimos a verlo estaba postrado en la cama, en el fondo de un cuarto hecho con paredes de triplay. Tenía una vieja radio de rodillos. Escuchaba huaynos antiguos, unas canciones que parecían…

Agustín Ricci

Agustín Ricci (Huánuco, Perú, 1997).

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