Cuando volvió McDonald’s

A finales de los años setenta e inicios de los ochenta casi toda mi familia materna emigró hacia Estados Unidos. Razones para irse de Nicaragua han sobrado casi siempre, pero en ese momento el elenco incluía un terremoto, la lucha armada que culminó en el triunfo de la Revolución Popular Sandinista y la guerra civil que vino después. Mi mamá, su esposo y yo nos quedamos viviendo con mi abuela materna, mi Chang, en una casa vieja llena de palomares en el Barrio El Paraisito de Managua. Esto al menos hasta que mi Chang también migró junto a mis tíos Roberto y Merce, sus hijos menores, a Canadá. Mi hermano Ernesto, el que me sigue, nació en los últimos años de la guerra civil. El 25 de febrero de 1990 —dos semanas antes de que naciera Josué, el menor— Ernesto cumplía tres años. Ese mismo día se realizaban las elecciones generales, y Managua estaba quieta y encerrada, entonces solo compramos un queque para celebrar los cuatro en casa. A la mañana siguiente me di cuenta de que mi mamá y abuelos paternos estaban felices porque la Unión Nacional Opositora —UNO— le había ganado al Frente Sandinista de Liberación Nacional —FSLN—. Se confirmaba así el fin de la lucha armada y la entrada tardía de Nicaragua al neoliberalismo.

Seis meses antes de esas mismas elecciones, pero en Queens, Nueva York, había nacido ya mi segundo hermano, Andrés, hijo de mi papá quien también había emigrado a los Estados Unidos, y Linda, una estadounidense que ejercía como traductora de español en la corte. Conocí a Andrés en 1992, en mi primer viaje a Nueva York, donde vi también por primera vez osos polares en el Zoológico del Bronx. Mi papá me preguntó cuánto creía que pesaban. «No sé, cien libras tal vez», le respondí. A los pocos años comencé a pesar más que un oso polar. Él grabó ese paseo y por algún tiempo pude repetir ese VHS de los osos polares y mi respuesta. Escuchar su risa. Pude verme montada en un camello, caminando en la isla de la libertad con mi abuela Elba, y luego bastante nerviosa en el mirador de las Torres Gemelas, bueno, de una de las torres. Cuando cayeron busqué el casete por toda la casa, pero ya había desaparecido.

He meditado sobre cuál sería la palabra precisa para describir la Managua en la que crecí. Me quedé con desolación, y también con una secuencia de un documental de Marc Karlin filmado entre 1989 y 1990. Karlin entrevista a un instructor de la antigua Escuela Nacional de Circo. Lo graba mientras da vueltas sobre un redondel en su monociclo hasta que el viento levanta su camiseta y le cubre el rostro, él pierde el equilibrio, pero no cae. Esa secuencia la tengo ahora tatuada en una pierna, en un poema. Otras frases que he usado para explicar Managua son: árida, caótica, deceptivamente plana, y lago-cielo amalgama color plata.

 

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Pero durante mi adolescencia la ciudad cambió y no porque el alcalde de esa época, Arnoldo Alemán, hubiese puesto rótulos en toda la capital con el slogan «Managua Cambia», sino porque éramos un mercado nuevo para varias multinacionales. Estados Unidos había levantado el embargo económico que tenía sobre Nicaragua desde 1985. Tras ser alcalde, Arnoldo Alemán se coronó como uno de los presidentes más corruptos del país, y fue la razón por la cual mi tío Juan nombró irónicamente a su perro Arnoldito. Era un perro orejón y un poco traicionero, mordió una vez a Andrés y dos a mi primo Mauro. Lo tuvimos por muchos años y mi tío lo trataba como un hijo más, le celebraba sus cumpleaños con piñata y pastel.

Entre esas multinacionales que llegaron a la ciudad había nuevas cadenas de comida rápida estadounidense, como Subway, que se instaló frente al colegio donde asistí casi toda mi vida. Un colegio católico de monjas Teresianas que había elegido mi abuela Elba porque para ese entonces yo aún era una niña bastante católica. Rezaba el rosario con ella cada lunes en su grupo de oración en el que después ofrecían merienda y té helado. De las monjas tuve noticia años después que tres habían dejado los hábitos. La que me contó era una de las que renunció a la vida de fe, pobreza y castidad. La Monja, como le decíamos, tenía una pequeña casa en la playa e íbamos con ella y otros amigos bastante seguido. Nuestra sororidad teresiana se tradujo en chismes detallados de cada hermana que teníamos en común, pues la Monja había sido pionera en su decisión y nunca la conocí en mis años de colegio. Una se había ido con un novio a Chile. Otra era lesbiana y tenía pareja, otra más era activista por el derecho a decidir de las mujeres. En fin, me llené de orgullo.

Desde ese colegio de monjas vi cómo el día que finalmente abrieron Subway se hizo una larga fila de gente esperando entrar. Deseaban el sabor reconfortante y frío de doce pulgadas de harina refinada, carne procesada y vegetales con agroquímicos. Mi tío Juan insistía en que eran ridículos, yo los envidiaba, se veían deliciosos los sándwiches en los anuncios. A los meses probé esa carne procesada y me gustó. Fue después de una salida con mis primos a un parque de diversiones o Playlanpar como le decíamos juegos mecánicos sometidos a escaso mantenimiento que viajaban por Centroamérica—. Al comer mi mitad del sándwich recordé cuando mi abuela Elba volvió de un viaje a Miami y nos trajo camisetas de esas que tienen palmeras y dicen Florida, chocolates y unas fresas que yo le había encargado para probarlas por primera vez. Cargó con unas cuantas en su equipaje de mano. Se me antojaban por el verso de la boca de fresa de «Sonatina», el poema de Rubén Darío que me recitaba mi mamá cuando yo estaba de mal humor. Deseaba tener una boca de fresa y en Managua era imposible.

 

***

 

Entre 1984 y 1989 en Nicaragua hubo un conflicto armado, el cual se desató luego de que el movimiento armado de guerrilleros sandinistas y un generoso porcentaje de la población nicaragüense derrocaran al dictador Anastasio Somoza Debayle. La contienda de los ochenta en realidad progresó al ser financiada por ambos polos de la guerra fría, aunque es más complejo que eso, y esa guerra civil es tan solo una parte de la secuencia bélica del siglo veinte en mi país. 

Nací en 1982 y no me enteraba de la guerra, pero había ciertas cosas que me hacían sospecharla, por ejemplo, las quejas de mis abuelos. Los abuelos no querían a los sandinistas y les tachaban de ladrones —en lo segundo algo de razón tenían—. Mi abuela Elba decía que no podía arreglar bonita la casa porque «ellos» se la iban a confiscar. Comprendía que confiscar en casa era sinónimo de robar porque esa palabra iba siempre precedida o seguida de pausas incómodas. «Ellos» jamás nos confiscaron nada. Quizás porque teníamos poco o porque mi abuela con su voz de profesora de español, amorosa y fuerte a la vez, les habría dado el mismo miedo mezclado con ternura que a mí.

Luego conocí a varias hijas de confiscados en el colegio para señoritas al que asistí. Eran niñas un poco rubias que siempre me parecían más cool, finas o lindas que yo —habían vivido en Florida o Costa Rica y amaban América—. A veces hablaban espanglish o tenían de muletilla un «am» entre cada palabra pronunciada en español. Confieso haberme…

Estebana Pong

Estebana Pong (Managua, 1982) es escritora, docente e investigadora académica.

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