Nómade
Buenos Aires le inyecta su tinta gris a una mañana luminosa de sábado. En la entrada de la casa y con la puerta abierta, Ana se inclina para levantar al nieto que pesa demasiado; la ley de la gravedad se ha instalado rotundamente en él y eso la acerca cada vez más hacia el piso. El sol no hace nada de fuerza. Paralelo a la vereda, el auto de su yerno, estacionado y lustroso de potencia. Tiene un tono metálico indefinido, blindado en las líneas netas del diseño en serie.
—Mami, por favor cerrale la campera. Hay un vientito.
Le dice que sí a la hija con la cabeza. Obedece. Podría pensar que la vida avanza de la manera que esperaba. Nada fue tan bueno ni tan aborrecible. En todo caso, allá no la castigaba este frío rectangular, despegado, similar al desprecio. En Río podía fijar su mirada como un imán sobre las paredes grasosas y amarillas, en las curvas suaves de la bahía, deambular en la modorra cálida de un departamento absurdo lleno de relojes, de especias, de rutinas cariñosas. Tan agotadora termina siendo la repetición. Hay que tener en cuenta que era más joven. La energía ciega que tenía entonces podía sostener cualquier representación del mundo, por más abigarrada que fuera. Ahora, ella intenta recuperar ese tipo de fe en su escritura.
No puede escaparle a la voluntad. Cada mañana la impulsa con una violencia emética que le sale por los ojos cuando se decide a abrirlos. El tiempo, que nos graba las costumbres. No hay caso. El chico podría caminar un poco, ya empezó hace unos días y ella no sabe qué es peor para su espalda, si cargarlo o ayudarlo a dar unos pasos doblando la cintura. A los pocos metros lo confirma: ninguna es mejor. Con trabajo, logran marchar de a poco. Ella estornuda por los plátanos que, a pesar del otoño avanzado, le siguen provocando alergia. Se sorprende al darse cuenta de que no llueve desde hace dos semanas, aunque la humedad sigue creciendo. Una tormenta no termina de estallar. Se le viene esta imagen: en el Botánico de Río, bien al fondo, las gotas se agrupan peligrosamente sobre una hoja de monstera y a ella le parece verlo todo desde arriba, flotando en el aire —creería que hasta puede zumbar, ella, ¡zumbar!— mientras otra gota se le suma y la Gran Gota va cubriendo la superficie lustrosa de la hoja hasta los bordes… Está con el chico de la mano, en la calle. Si cierta hora de la tarde siempre es peligrosa, en Buenos Aires cualquier hora del día es parte de la tarde.
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Llegando a la esquina hay un camión de mudanzas. No, no es un camión. Es una casa rodante, una caravana sobre un trailer enganchado a una camioneta antigua. Ella sonríe y el nieto, que justo la estaba mirando, también sonríe y decide desplomarse de cola sobre la vereda, harto de semejante esfuerzo para caminar de esa manera torpe, pesada. La casa rodante era uno de esos planes que no se iban a realizar, cosas que se decían por decir con el marido, cada tanto, cuando habían tomado unos tragos con los amigos y se sentían aventureros. Vamos a salir por la ruta, sin rumbo. Viviremos andando hacia los morros del sur. Por los senderos estrechos de la selva. Camino a las dunas infinitas del norte. No hacía falta más que eso: con la enunciación misma se daban por satisfechos. La casa rodante tiene una ventanilla con un reborde curvo de aluminio; puede verse una manta a cuadros a modo de cortina que alguien ha fijado desde adentro para tapar la luz calcárea que ataca esta mañana. Ese tartán, el diseño de los cuadros, ella lo reconoce. Es el mismo que usaba en su uniforme del bachillerato (uno de esos colegios que proclaman excelencia británica), un patrón simétrico de fondo azul y verde, y piensa que es otro guiño sin sentido del cosmos o de su mente, el recuerdo de un momento importante que en el fondo no le dice nada. El secundario fue una época de desorden, de confusión, y la nostalgia de una alegría difusa la envuelve como un olor. Si ella le mandara una foto de esa tela que cuelga de la ventana a su mejor amiga del colegio, enseguida la interpretaría como un código en común que hace referencia a esos años. Hace más de una década que no sabe nada de ella. Si tuviera un secreto guardado para contarle, si algo todavía latiera de esa juventud… Tal vez sea una buena idea para una historia de espías; debería anotarla para no perderla, aunque nunca haya escrito enigmas ni policiales. La clave para descubrir el misterio sería el tartán, esa combinación particular de colores, con esa distancia específica entre las líneas que se van intersectando en un cuadrillé que solo es significativo para las pocas personas que puedan reconocerlo.
Resignada, Ana levanta al nieto del suelo y…