Lo que uno sabe

Un hombre escribe porque está atormentado, 

porque duda 

Stalker (Andréi Tarkovski, 1979)


Cuando entré al pasillo oscuro no sabía lo que iba a ser de mí. ¿Cómo podría? A esa edad solo tenía dos o tres sospechas sobre el futuro. Quizá uno sabe que el lunes habrá clases otra vez y que los fines de semana no duran para siempre. También que los papás desaparecerán de nuestras vidas. Uno no sabe, eso sí, que mamá morirá asesinada por papá. Uno no sabe, cuando entra al pasillo oscuro, que lo último que le dirá a papá será una pregunta: ¿Dónde está mamá? A manera de respuesta, él le dará un trago al vaso de la licuadora. Y se quedará en silencio. También me quedaré callado, como siempre, esperando que él marque la hora y me levante para ir a la vida, para salir a la calle de noche a enseñarme a andar en bicicleta antes de azotar contra la banqueta, frente a un poste de madera de los que ya casi no quedan. Uno sabe que afuera habrá tormenta y rayos; él, adentro, ya no tendrá la fuerza para saludar haciéndome sentir que todavía me falta un largo camino para ser alguien. Será un viejo que solo sabrá perder masa muscular y se sentirá orgulloso de eso. La ropa le quedará holgada, también por eso sabré que mamá no anda por aquí. Uno sabe que ella hubiera hecho algún milagro con su máquina de coser y todos sus cursos de costura de escuela técnica. Le preguntarás de nuevo a papá dónde está ella, dónde está mamá. Él señalará la caja con sus ojos grandes. Escucharás las olas del mar allá afuera. Uno no sabe si esa noche regresará la luz. Por lo menos, la luz de la luna se reflejará en el agua y nos iluminará las caras. Y la mano. Su mano que es destino, que tiene líneas parecidas a las mías. Papá señalará la caja con su mirada. Uno sabe que todos envejecemos y que algunos olvidamos. Que un día dormimos más horas de lo normal y, así nomás, al otro día ya no despertamos. Uno sabe. Uno no sabe. Sabemos también que los perros se mueren antes de que prendamos fuego a las casas de nuestras infancias. La casa de la playa tenía muros gruesos y redondeados. Ahora son mugrientos, nada más. Papá diseñó la casa imitando la arquitectura de Santorini que vio en alguna revista. La hizo como pudo, y eso quiere decir que la hizo sin demasiado dinero y ocupando muchísimo tiempo. La recuerdas desde que era unos cimientos y unos castillos que, sabíamos, eran el límite de nuestros juegos. Al principio acampábamos. Yo bajaba de la combi y me ponía a levantar todos los objetos cortantes que encontraba en la arena. Ya una vez me había cortado el pie con un pedazo de botella de Coca-Cola. No quería pasar por lo mismo de nuevo. Uno sabe que no tiene la audacia de caminar por donde mismo dos veces. Y si el camino se parece, uno lo embruja para que el camino sea otro. No quiero regresar, papá, no quiero. No quiero que me hagas caminar por donde mismo, sobre las dunas de desechos de refrescos, sobre la arena caliente, sobre las algas babosas y el suelo que se hunde y se mueve y rodea mis pies. El campamento familiar se fue sofisticando con una palapa, una bardita que tenía la altura de mi hermana menor, que entonces medía un metro exacto. Uno recuerda a los albañiles enjarrando bajo la mirada atenta, casi obsesiva, de papá. Sus instrucciones eran claras: muros suaves y redondeados que pintaríamos de blanco. Y así fue. Así lo hicimos en algún momento. Nos recuerdo pintando, todos participamos: yo pasaba la brocha y me alejaba unos pasos, veía qué fácil era cambiar algo a la vista. Eso aprendí, eso supe: si no te gusta cómo se ve, cúbrelo con algo más bello, ya sea pintura blanca mediterránea o la oscuridad de la noche. Uno sabe ciertas cosas, como que el molino de azúcar suena con escándalo a las siete de la mañana. Que cuando se escuchan balazos hay que esconderse bajo la escalera, junto a la ropa empolvada y las maletas sin ruedas. Uno sabe que hay que evitar los incómodos ojos de los progenitores que solo te miran a ti para no verse entre ellos. Como si supieran algo, como si conocieran de alguna forma qué sería de ellos al final del pasillo oscuro. Uno sabe entonces que nunca estamos solos. Que eso no es posible. Que los fantasmas y los cuerpos de los demás se nos enciman, nos incomodan con sus pesos variables, sus sudores y calores, con las condiciones de sus hablas, con sus formas de simbolizar algo más que su propia existencia. Hay un ojo sobre nosotros. Un ojo obsceno, brillante y ensangrentado.

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Un ojo que sabe nuestras posiciones y movimientos. Un ojo que nos espera a la vuelta de la esquina para seguirnos por muchas cuadras bajo el sol o bajo la lluvia o bajo los rayos luminosos que nos abducen a otros mundos. Existimos para entretenimiento del ojo, para cansarlo, para que sus venitas palpiten, para que nos convenza con la ilusión de la persistencia retiniana: la continuidad ilusoria de nuestro movimiento por la Tierra. Pero lo cierto es que estamos quietos, somos fotografías montadas una junto a la otra. Nuestras almas están hechas de elipsis indetectables. Muchas elipsis. El ojo las percibe. El ojo ve todo lo que nosotros no podemos. Ve ángulos que no sospechamos que tenemos. Nos puede mirar, incluso, enloquecidos caminando de espaldas y de vuelta a la casa de la playa. Pero uno sabe que el camino de regreso a casa no es posible, que ha sido clausurado, que hay deslaves en sus orillas y accidentes aparatosos en su centro. Uno sabe que hay tormentas tropicales en el Pacífico que se vuelven huracanes para luego disolverse. Y ahí anda uno invitando a las mascotas a dormir adentro y colocando cinta adhesiva en las ventanas. Uno sabe que no quiere que se meta el agua. No quiere uno inclinarse y exprimir el trapeador cien veces. Uno sabe que las inundaciones aplastan y desfiguran las flores más lindas del jardín de mamá. Las flores a las que hablaba y pedía perdón, siempre perdón, perdón por dejarlas morir. Uno sabe que lo mismo que se les dice a las plantas también se les dice a los hijos, en especial a los hijos locos, los enfurecidos, los que balbucean sus emociones desde ese cuarto oscuro donde su conciencia grita sin ayuda de un lenguaje para nombrar lo que existe debajo de la alberca. Porque uno sabe que hay un agujero oscuro que se expande. Este agujero oscuro es en realidad una entidad alienígena que se ramifica en desvíos infinitesimales. Y uno sabe que la mayor parte de lo que somos es algo más, algo ajeno, microorganismos que microexisten en nuestra piel y nuestros órganos. Tampoco nos pertenecen nuestras ideas y nuestros deseos. Porque el deseo es una imagen original y enigmática que buscamos representar a costa de lo que sea. El deseo es un empalme, el hallazgo de dos fotogramas idénticos en una moviola abandonada. El deseo es la sincronía de la voz humana con la voz alienígena que nos dicta nuestras líneas desde un fondo familiar y ajeno a la vez. Y todos los días ensayamos la parte que nos toca de este misterio. Nos levantamos de la cama hasta que…

Rafael Villegas

Rafael Villegas (Nayarit, México, 1981). Narrador y ensayista. Autor de libros como Animal verdadero (Ediciones B, 2017), Apócrifa (Paraíso Perdido, 2017), Lengua noche. Sueños de 1985 a 2019 (Salón Carmesí, 2020) y La memoria articulada. Cómic, autobiografía y cultura histórica (Universidad de Guadalajara, 2020). Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2005, Premio Nacional de Cuento José Agustín 2009 y Premio Narrativa Casa Wabi — Dharma Books 2022. Es Doctor en Historiografía por la Universidad Autónoma Metropolitana y dirige el Archivo Visual y Sonoro de la Universidad de Guadalajara.

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