Rossini y Auschwitz
Es el gesto sardónico de quien ha escuchado una estupidez enorme, pero no dirá nada para contradecirla. Apretada y sin labios, la boca parece reprimir una carcajada grosera. Acaso la estulticia le divierte, pues aunque percibimos en sus ojos algo cercano a la desconfianza, esta se debe menos al miedo que a la seguridad de quien se sabe genio entre una conjura de necios. Escudriñadora y escéptica, la mirada se dirige a la derecha, fuera de la fotografía.
¿Qué miran sus ojos de sapo, entrecerrados bajo aquellas cejas apenas pinceladas en un rictus de soberbia? Nosotros lo miramos, ahora, en aquel instante esculpido fuera del tiempo. Lo que él mira no podemos verlo. Aunque la convención de la época nos hace pensar que es él quien ilumina el cuadro —la luz parece emanar sordamente desde su figura, como un santo—, el bigote de sombra bajo su nariz delata la luz artificial que cae desde la izquierda. Tal vez dirige el rostro hacia el ayuda del fotógrafo, un muchachito rubio y torpe —las mejillas encendidas y la nariz de ratón—, que mientras acomoda la lámpara aventura una indicación al genio.
Un poco a la derecha, signore Rossini, si es tan amable.
El maestro obedece de mala gana, pues ya está aquí, engominado, vestido, y maquillado como un pastel, y además de todo —lo sabe, no le avergüenza en lo más mínimo—, es profundamente vanidoso. Exasperado, ladea la cabeza. Una vez más. La última. Entre cada disparo de la cámara, se reacomoda en la silla, muy tenso, se vuelve a atusar el cabello. ¿Cuánto pueden tardar aquellos tarados en tomar una fotografía?
No más, ha sido suficiente, caballeros.
Él es así: es deber de las cosas apartarse de su camino. Los árboles encorvados le hacen reverencia por las aceras. La calle cede bajo su peso. Es él quien regala su tiempo al mundo.
El resto del cuadro lo completa la elocuencia de su biología: la nariz puntiaguda, de excelente conversador, bebedor de vino y viejo dominante. Una nariz que parece decir: controlo esta área, domino este perímetro. Debajo de la boca, línea fruncida, una de esas barbillas prominentes, de carácter aleccionador (es risueño, pero no por eso menos severo).
El cabello, peinado con la partidura a un costado, no alcanza a cubrir las venas de la sien, delatoras de un temperamento marcial, dado a los corajes y los arrebatos. En la mano izquierda, entre el índice y el pulgar, un fino bastón de punta de plata. Apenas lo sostiene, como una larga batuta; posición de descanso; también gesto veleidoso. El último botón del chaleco, sobre el vientre amplio, está desabrochado (¿acaso ya no le cierra?, ¿es que cerrado hace una incómoda y poco elegante tensión en la tela?). Entre los botones, unas gafas delicadas (¿arruga por eso los ojos? Tan veleidoso, no lo han de fotografiar con lentes; prefiere la ceguera de la luz).
¿Y aquellas manos? Gruesas, trabajadas, las manos de un obrero que se posan sobre aquellos muslos gordos, que sirven de asiento para las prostitutas que frecuenta en los burdeles. Son las manos de alguien que come con brutalidad. Porque él come con las manos. Como un animal.
Brutal y cautivador, cerebral y epicúreo, lujurioso y refinado, inteligentísimo, Gioachino Rossini nació en Pésaro, una pequeña ciudad en la costa adriática de Italia. Su padre, Giuseppe Rossini, era trompetista. Lo conocían como Vivazza, un apodo justificado por el tamaño de su cabeza (inusitadamente grande), por sus ojos almendrados, de mirar promiscuo, y por una labia acrobática que resultaba a la vez cómica y lasciva. Seductor decadente, con más deudas que rentas y prisionero vitalicio de la tristeza cómica de los borrachos, Vivazza era el clásico padre encantador y distante, al que el pequeño Rossini admiraba en público y temía en secreto.
Llegaba tarde, ebrio como un cosaco retirado, con la nariz manchada de sangre seca y la ceja partida. Anna, su mujer, lo miraba con la mezcla de reproche y piedad de quien observa un desastre presupuestado pero no por ello menos terrible. Otra vez, Vivazza, decía Anna con su voz de pajarito (que su propia mujer lo llamara así era prueba de hasta qué punto había logrado imponer su decrepitud como un rasgo inviolable de su persona). Después trastabillaba hasta su habitación, sacaba su vieja trompeta envuelta en pañuelo de seda roja, y sus gordos dedos recorrían los pistones hasta el amanecer, despertando al vecindario con su chillidos imperiales y melancólicos.
De él, Rossini heredaría el encanto, el gusto por la comida y los vinos, la lengua parlanchina y el humor; en suma, una brutalidad alegre que se expresaría en unas tremendas ganas de vivir, de mascar el aire y devorar todo a su paso.
La madre era costurera de oficio. Mujer muy flaca y huesuda, de dientes muy grandes —daba un aire caballesco—, enfermaba con facilidad, cuestión que justificaba su tez eternamente pálida, sus ojeras pronunciadas, y su aura triste, casi transparente, como la de los santos y los moribundos. Hablaba poco, pero todas las tardes se sentaba en la vieja mecedora de caoba, con la aguja y el hilo sobre el regazo de la falda, y entonces se ponía a cantar trenzando el hilo con melodías de partisanos y mujeres desoladas.
¿Cuántas veces, en la tarde violácea del puerto, no le canto ella a su vientre? El pequeño Rossini, que no era nada aún y sin embargo era ya todo, tibio y dormido como un renacuajo, todavía sin orejas, escuchaba esa vibración de agua, tibio oleaje extraño, íntimo como el tacto de un guante. Cuando Rossini tenía seis años, su madre comenzó una carrera como cantante de ópera bufa. Su semblante trémulo resultaba especialmente turbador para el público italiano. Durante más de una década tuvo un éxito considerable, haciendo giras por Trieste y Bolonia. Su precaria salud, sin embargo, acabó pronto con su voz inexperta, y la regresó a la mecedora de caoba, a remendar manteles y pañuelos con la amargura mordida de las glorias prematuramente acabadas.
De ella, Rossini heredaría una sensibilidad afectada, casi melodramática, la obsesión por el detalle y el refinamiento (vicios de la costura), y una tristeza contagiosa, bien metida adentro, que pujaba a veces en su ánimo y lo hacía enmudecer de pronto, a la mitad de las tertulias. Pegaba la mirada al horizonte, como queriendo irse lejos, a cualquier parte, hasta los confines del mundo.
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Desde 1804 hasta 1829, Rossini compuso treinta y nueve óperas, y se convirtió en el compositor más cotizado de Europa y Estados Unidos; con solo veinticinco años, obtuvo el título de Maestro de cartello: mote exclusivo para los compositores cuyo nombre en los carteles garantizaba un teatro lleno. Recibió la admiración de Verdi, y Stendhal le dedicó una biografía. Su música se ha usado en más de setecientas cincuenta películas y programas de televisión; su nombre bautizó un asteroide, descubierto en 1992, y el pico más alto de la Isla Alejandro, en la Antártida. Es, quizás, el más grande compositor de ópera que haya existido jamás.
Sin embargo, al terminar su famosa ópera Guillermo Tell, estrenada en 1829, Rossini dejó de componer hasta su muerte, treinta y siete años después. ¿Por qué habría de retirarse, encumbrado el gordo Rossini, campeón de la ópera y gran caballero de París?
Ocurre con frecuencia: allí donde deseábamos triunfar, donde hemos puesto todas nuestras expectativas, fracasamos; triunfamos, sin embargo, allí donde no nos hubiera importado fracasar. Ocurre con frecuencia, y no es trágico, sino cómico: nuestra pasión no coincide con nuestro talento.
El talento tiene la cualidad de un don. Es tan inexplicable como indudable. Aparece con el aura de aquello que no ha sido decidido ni producido. Funciona como una marca de nacimiento: se es talentoso del mismo modo en que un animal es bello. De ahí que la naturaleza del talento, aunque sea expresivo, es su pasividad: ser talentoso es ser vehículo, la vasija o el receptáculo a través del cual se expresa una fuerza misteriosa.
La pasión es activa. Responde a la voluntad: atizada por el deseo, intenta producir su objeto, o por lo menos, dominarlo. Por ello es siempre incompleta: supone una distancia, un proyecto siempre abierto como un trayecto aún por franquear.
La pasión es aquello que quisiera ser talento.
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Una vez terminada Guillermo Tell, y con las ganancias que le había granjeado su éxito como compositor, Rossini se hizo de dos viviendas: un ostentoso piso en la Rue de la Chaussée-d'Antin, cerca del centro de París, y una villa neoclásica en Passy. Retirado, gordo y feliz, transformó su nido campesino en un salón aristocrático, donde todos los sábados recibía la visita de amigos artistas y algunos personajes ilustres. En las samedi soirs, como les llamaba cariñosamente, los invitados discutían de arte y religión, fumaban olorosas pipas y se emborrachaban como peonzas hasta el amanecer.
Allí Rossini pudo entregarse, por fin, al verdadero pecado de su vida: la cocina. Hábil experimentador, a su talento culinario debemos varios platos de alta cocina: el turnedó Rossini, la crema a la Rossini, la frittata a la Rossini, la pasta asciutta, y el cóctel Rossini, elaborado con vino blanco espumoso y pulpa de fresas.
Imagino que esta debió ser la época más feliz de su vida: lejos de los reflectores y los aplausos, ya olvidadas las caprichosas prima donnas y los fastuosos teatros de Viena. Lo veo en su villa de Passy, acompañado por su esposa, con la felicidad callada de un eremita que, cumplido su sino en la tierra, se dedica a cortar delicadamente las hojas de su bonsái. Las pocas composiciones que han quedado de esa omo si quisiéramos hacer el mundo nuestro, a un tiempo, con la boca y con la voz.época son estudios para un solo instrumento. Conciertos para piano solo, arias para una sola voz. Mientras vivió, nunca fueron estrenadas. No eran para los burgueses de París, ni para los críticos de las revistas musicales. Las piezas habían sido compuestas para acompañar la comida.
Una obertura para el entremés. Una sonata para la sopa. Un aria para el estofado. Como si los acordes, que muerden el aire, expresaran esa voluntad invisible que quiere tocarlo todo, hendirlo, triturarlo, mascarlo. C Con la carne y con el aire.
En uno de sus diarios, escribió: «Comer y amar, cantar y digerir; esos son, a decir verdad, los cuatro actos de esa ópera bufa que es la vida y que se desvanece como la espuma de una botella de champagne».
El talento de Rossini era la música.
Su pasión era la comida.
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Mi tatarabuelo, Isak Moses Salamon, era guardabosques. Nacido en 1876 en Bisztra (una aldea de los Cárpatos de Besarabia), de joven fue contratado en una hacienda maderera. Lo imagino vestido de campesino, caminando por los tupidos bosques húngaros con una cubeta de madera al hombro. Se dirige a un pozo. Camina con paso rudo y va silbando, sin darse cuenta, mientras otea el camino con el gesto experto de quien sabe leer el bosque.
Tiene una kilométrica barba de rabino, y un par de caireles que se balancean sobre sus orejas como dos cintas negras y relucientes. A pesar de la barba y los caireles, nos parecemos mucho, al menos en mi imaginación. A lo largo de los años, me he preguntado por qué siempre lo imagino silbando. Supongo que el silbido hace más llevadera una caminata, porque distrae del cansancio. Al mismo tiempo intuyo que…