Tocados

 

A medianoche, a pesar de las restricciones, escuché desde mi habitación el grito limpio de un niño.

Fue un solo grito, como lanzado de espaldas, como cazando mosquitos o estrellándolos contra los cristales de todas las ventanas de mi barrio.

La verdad es que yo aún no conseguía dormirme cuando oí aquel grito. Había pasado revisando mi última obsesión: autores muertos en accidentes aéreos y automovilísticos que podían haber dejado algún manuscrito final sin publicar. Meditando sobre si habría alguno que hubiese muerto en trenes y barcos. 

Comencé entonces a escribir una especie de lista en un cuaderno. Autores como Albert Camus e Ignacio Padilla la encabezaban. Seguían Ángel Rama, Marta Traba, Jorge Ibargüengoitia y Manuel Scorza. El resto eran nombres inventados con libros inventados a los que yo les haría la trama. El propósito de este juego absurdo era considerar si acaso las desventuras de mis semejantes eran la fuente de la literatura. Si acaso podría escribir todo un libro con estos inventos amarillos.

Luego, escuché el grito del niño.

Un niño, pensé.

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Un niño que está jugando a esta hora en la calle totalmente cubierta de sombras. 

Casi como mi juego literario, consideré descabellada la idea de que, a esta hora, y a pesar de las restricciones, hubiera un niño o acaso dos por allí, jugando inofensivamente.

No podía ser. Pues todos los niños tienen raíces resplandecientes atadas al cuero largo de unos padres cargados de ambiciones que, sin embargo, tienen roturas en sus vestidos y chaquetas. Por eso no pueden soltarse y poner a estallar sus gargantas por la calle. Menos, a medianoche que es cuando la argolla de los huesos de los que han muerto en este país reconcentra los vientos.

Ciertamente no hay rituales que se respeten en nuestra vida diaria. Yo estoy seguro de que, así como hay autores fallecidos en accidentes, hay muchos países desaparecidos, sin tener que ser mediterráneos, por debajo de los océanos rojos, llenos de números. Países que se transformaron en islas y que ahora son organismos fantasmas. Porque cualquier país donde la gente no puede entrar ni salir, aunque tenga aeropuertos, está claramente borrado. Y a pesar de que haya gente dispuesta a buscarlos; y que lo único que logra es caer de espaldas, sorprendida, al darse cuenta de que esos lugares ya ni siquiera existen.

Por supuesto que quienes buscan países extintos son…

Ernesto Carrión

Ernesto Carrión (Guayaquil, Ecuador, 1977). Ha obtenido los reconocimientos: Beca Malba Argentina (2024); Premio de Poesía Juan Alcaide (2023); Beca Gonzalo Rojas (2023); Premio Miguel Donoso Pareja de Novela (2019); Premio Lipp de México (versión hispana del Prix Cazes–Brasserie Lipp de París) (2017); Premio Casa de las Américas de Novela (2017); Premio de Literatura Miguel Riofrío de Novela (2016); Becario del Programa para Creadores de Iberoamérica y Haití en México (Fonca-AECID) (2009); Premio de Poesía Jorge Carrera Andrade (2008); Premio Latinoamericano Ciudad de Medellín del Festival Internacional de Poesía de Medellín (2007); Premio de Poesía César Dávila Andrade (2002), entre otros. Desde 1998 hasta 2014 elaboró un tratado lírico titulado «ø», comprendido por trece libros divididos en tres tomos: I. La muerte de Caín: El libro de la desobediencia, Carni vale, Labor del Extraviado y La bestia vencida. II. Los duelos de una cabeza sin mundo: Fundación de la niebla, Demonia factory, Monsieur Monstruo, Los diarios sumergidos de Calibán y Viaje de gorilas. III. 18 Scorpii: El cielo cero, Novela de dios, Verbo (bordado original) y Manual de ruido. En 2015 empezó a publicar narrativa. Sus novelas son: Cementerio en la luna, Un hombre futuro, Cursos de francés, Incendiamos las yeguas en la madrugada, El día en que me faltes, El vuelo de la tortuga, La carnada, Ulises y los juguetes rotos y Partes privadas. «Triángulo Fúser» es una trilogía que reúne: Tríptico de una ciudad, Ciudad Pretexto y Ciudad de fondo.

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