Posthumanismo extraterrestre en la poesía de Mei Mei Berssenbrugge
Mei Mei Berssenbrugge
«Las plantas cantan», explica Mei Mei Bressenburgge a través de la cámara del Zoom. Su voz tiene el ritmo de una practicante budista. Suave, pausada y, a la vez, profunda. En el ejercicio colectivo en línea, la poeta estadounidense nos invita primero a mirar por un par de minutos la planta que hemos traído para la reunión. El ejercicio consiste en intentar observarla sin la intención de abstraer información de ella. Después pasamos un cuarto de hora imaginando que la planta nos devuelve la mirada: ¿Qué me está diciendo? ¿Cómo me está mirando?
Después de unos momentos comencé a ver la energía flotando alrededor de sus hojas, el movimiento sutil en las ramas y los múltiples tonos más oscuros que se marcan en el trayecto a sus raíces. Tal vez con sus colores brillantes, pensé, está diciendo gracias por el agua que vierto cada tres días o por el baño de sol cada mañana en mi escritorio. Detenerme para tomarme el tiempo para contemplar la planta me hace darme cuenta de nuestro enredo; ella ha sido mi compañera durante los últimos meses, tomando el dióxido de carbono que emito y devolviéndome oxígeno. Prestar plena atención a lo que hay en nosotras y lo que nos rodea es una de las enseñanzas más básicas de la práctica budista —es el método que nos guía a ser más conscientes.
Mei-mei Berssenbrugge reconoce la influencia de su práctica budista en su poesía. En una entrevista en 1999, dijo que la escritura le permite tomarse el tiempo para contemplar como una «respuesta pragmática a la vida moderna, que es fragmentada y rápida». Su último poemario, Un tratado sobre las estrellas (2020), continúa su reflexión sobre la realidad entretejida, donde habla del vínculo que todos los seres tenemos con el espacio exterior: los seres estelares forman parte del parentesco terrestre. En este libro, la conciencia es sinónimo del cielo nocturno, una metáfora que representa las conexiones universales entre todos los seres.
La percepción es una práctica meditativa. Mirar no es un acto que implica sólo a los ojos, sino a otros sentidos corporales y a la conciencia. Es a través de esta observación corporal que verdaderamente podemos conocer el mundo. Observar con el cuerpo muestra las infinitas conexiones entre la Tierra y el universo. La poesía de Berssenbrugge se desplaza hacia una perspectiva planetaria y centrada en lo cósmico; es una filosofía ecopoética extraterrestre.
Hay luz en la oscuridad
«La oscuridad es un mejor medio para identificar entidades», escribió Berssenbrugge en una versión anterior de su poema “Oscuridad”. A lo largo del poemario, las imágenes sobre la oscuridad son consistentes con relación a las nociones de conocimiento y percepción. Empleando varios términos científicos y referencias a la física cuántica, nos guía a través de una comprensión del mundo en la que el conocimiento es sinónimo de mirar el cielo nocturno.
La oscuridad es medio a través del cual la luz es posible: «Incluso la oscuridad genera luz» (90). En estos versos, Berssenbrugge se refiere a la materia extraterrestre, y enlaza las interacciones entre la luz y la oscuridad como metáforas para ver. En otras palabras, reconoce la materia oscura como fuente de conocimiento. En otro verso, la oscuridad se convierte en un portal al espacio exterior: «La oscuridad nos permite cruzar la frontera del espacio-tiempo al espacio exterior, porque la fuerza de la existencia, lo que sucede, la evolución, fluye a través de nosotras como conexión» (50). Ella asume la oscuridad como una fuerza regeneradora, extendiéndose desde la vida inmemorial hacia el futuro ("evolución") para que la vida continúe. Su asociación con la oscuridad también está relacionada con el monismo, como materia progenitora: «Cuando se experimenta como complementos de masa-movimiento, intención-observación, materia-energía oscura, el vacío cobra forma, inteligibilidad» (90). Así disuelve el pensamiento dualista, transgrediendo los principios del pensamiento científico, en el que las entidades son pensadas como unidades separadas. Aquí, la materia se confunde con el movimiento, la mente con el objeto, la materia con la ontología, y así sucesivamente, porque el mundo (forma) proviene primero de lo primordial (vacío). Es como si Berssenbrugge entendiera la oscuridad como ontología en el nivel más fundamental. La metáfora de la oscuridad constituye una ruptura con la cultura ilustrada que sitúa el pensamiento en su contrario: la luz.
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Pensaríamos que precisamente en la oscuridad es donde no podemos ver. En la poesía de Berssenbrugge, sin embargo, ver tiene su propio sentido y designa tanto una práctica espiritual como científica. El conocimiento se basa en el cielo nocturno: «Mi fotografía del cielo nocturno es como un texto de símbolos» (17). En muchos sentidos, Berssenbrugge resuelve la aparente paradoja: la oscuridad como metáfora de la imaginación poética se convierte en el paisaje de la objetividad científica y la oscuridad está lleno de significados. De hecho, es posible leer el cielo nocturno. Berssenbrugge entrelaza el acto de ‘llegar a conocer’ (intellegere) y la oscuridad en el siguiente verso: «Pensamos, naturalmente, que los procesos de objeto y sujeto se conectan, que el cielo nocturno y el conocimiento son indivisibles» (13). Sin embargo, parece paradójico, e incluso poco realista, que un espacio inalcanzable y esencialmente vacío proporcione significados, si entendemos el acto de «mirar» de Berssenbrugge relacionado con las enseñanzas budistas, el acto de ver atraviesa sujeto, espacio y tiempo.
La planta se convierte en un portal al cosmos y todo su contenido, un «enredo cósmico», nos dice la poeta en la reunión de Zoom. La estructura de la interrelacionalidad es tal que siempre se está revelando en cada ser, capturando lo que ya está ahí, como dice Robert Baker sobre la poesía de Berssenbrugge: «Al mismo tiempo, ella quiere mostrar que al final estamos conectados con el mundo natural, que participamos de los campos de materia y energía que nos rodean [...] La poeta desea en un sentido una conexión que en otro sentido ya está allí. El camino del retorno es el camino de la conciencia».
El enredo es transplanetario. En otras palabras, como explica Berssenbrugge, «Una persona, siendo de origen cósmico, puede volverse uno con una estrella» (34). Coloca la naturaleza humana en un «origen cósmico» primordial, más allá de la biología. Al mirar hacia afuera desde las epistemologías centradas en el ser humano, vemos que su poética propone una alianza planetaria transversal: «Mirar es un impulso innato hacia la totalidad» (18). La conciencia es una práctica de mirar que no implica solo un estado mental sino que se extiende a las sensaciones; ella percibe manifestaciones mundanas a través del cuerpo y la mente. Es un conocimiento capaz de percibir desde el movimiento de los átomos al de seres gigantes, como las estrellas, otros planetas y las constelaciones.
«Ver en la oscuridad» también va en la otra dirección. Otra práctica revela el conocimiento, o la conciencia, y esa es mirar hacia adentro. Cerrar los ojos te lleva a la oscuridad. Pero al sumergirse en ella lejos del mundo terrestre, el sujeto también se acerca al mundo exterior. La oscuridad como portal es, después de todo, una estructura central en Un tratado sobre las estrellas. Visto como una manifestación activa de la conciencia, ver en la oscuridad recuerda la práctica de la meditación que reconecta al sujeto con todos los seres: «Mira hacia adentro cuando estás en conflicto; cada célula de tu cuerpo emite luz» (17). Esta situación paradójica, en la que sujeto-oscuridad se convierte en cercanía cósmica, conduce al conocimiento-conciencia-claridad. Movimiento entre oscuridad y luz, sujeto y universo. No es exactamente el movimiento de una epistemología a otra, sino que presta atención a las energías generativas (oscuras) que nos ponen a nosotras y al universo en sintonía.
Percepción ecológica extra-terrestre
En Un tratado sobre las estrellas, Mei Mei habla de las conexiones, ramificaciones y enredos planetarios que constituyen nuestras subjetividades. La oscuridad como metáfora hace eco de estas interacciones universales. Al hacerlo, Berssenbrugge desafía los principios teóricos que han constituido la cultura occidental, es decir, sus lógicas binarias, su racionalidad universal y la construcción de la otredad.
Los poemas de Bressenbrugge son como pensamientos que van y vienen, en un movimiento suave y constante similar a una práctica de meditación. Su libro, ganador del Premio de Poesía Bollinger 2021 y también finalista del Pulitzer 2021, no sigue una narrativa unidimensional o un argumento lineal, es una especie de collage, multiplicidad de intuiciones sobre el conocimiento y la experiencia más allá de lo humano, incluso más allá de la Tierra. El marco de referencia conceptual que adopta implica interacciones abiertas y supera los límites del antropocentrismo y en relación con lo posthumano…