Yo de esto no quiero más

Polina Kuzovkova

El sonido de un vaso desechable arrastrado por el pavimento a causa de la ventolera. No se escucha nada más. Las avenidas, por momentos, están vacías. Las entrecalles se ven desoladas. Sucias y desoladas. En mayor o menor medida, debido a la escasez de petróleo, no hay ni carros. Una soledad apocalíptica, parece un libro de Cormac McCarthy. 

Proliferan los baches, los escombros, el hedor en varios casos, los perros viejos que le huyen al sol. Las guaguas no pasan ni por misericordia con el que las espera. En muchas esquinas, donde quedan algunos latones de basura, están desbordados y da la sensación de que todo, por dejado que se vea, es una reproducción a escala de una dejadez inmediatamente superior. La desidia es piramidal: desde cierto punto hacia abajo, todo se deteriora hasta que llega a lo más bajo, a lo insalvable.

Todavía, aunque no tenga muchos deseos, estoy pensando irme a una exposición en el Vedado. El arte joven merece respiros, da respiros. No me queda lejos, pero igual: salir a fajarse con el transporte es tener ganas de amargarse; es entregarse en bandeja a los brazos del encabronamiento. O de saber que una buena parte del salario quedará ahí: en manos de otro que puede —o no— estar en mejores o peores condiciones.

Si por mí fuera caminaría a todas partes, pero en pleno agosto el sol azota con más ganas y me sudo. Hace más de un mes que en Zamora, donde vivo en Marianao, no hay agua. Desde el 11 de julio no se abastece la zona, los tanques no se llenan y para intentar hacerse del agua para beber, en mi casa se ha tenido que hacer magia. Cazarle la pelea a una pilita, a la una de la madrugada, para llenar unos pocos pomos con un hilito insignificante. Cargar cubos de una cisterna atiborrada de ranas. O cuando más, en un arranque de desesperación, sumirse en las discusiones propias del momento y hacerse de uno o dos cubos cuando una pipa del Estado se parquea en una esquina —cuando más, cuando toca y cuando llega— y todos los necesitados corren a hacer la cola para, al menos, alcanzar algo. 

La solución a todo siempre es la retórica. No hace mucho, un promedio de veinte mujeres —ningún hombre, mujeres todas—, aquejadas por el desabastecimiento prolongado, se reunieron frente a una de las válvulas que abastece la zona en busca de una solución, y automáticamente fueron apareciendo las distintas personas con cargos políticos —hasta una guagua cargada con tropas especiales antimotines— a intentar disipar, desde la saliva, ese tumulto preocupante. Llegó un momento, a lo largo de las cinco horas que esas mujeres esperaron una solución, en que había más agentes de la seguridad, policías y tropas especiales que mujeres. Aún hoy, el problema persiste, después de todo. Sin solución práctica. Sigue la escasez de agua en Zamora, Marianao. 

Últimamente, todo el mundo solo busca al prójimo para hacer catarsis. Todos buscan despojarse de sus ruidos y sus miserias transmitiéndoselas al oído más cercano que tenga. La misma escasez, los precios locos, las medicinas perdidas, la falta de luz, de agua, de transporte, lo difícil de encontrar un poco de tranquilidad. Dichoso aquel con la fortaleza mental suficiente para cargar con sus problemas y con los ajenos también. 

La catarsis viene dada por una proliferación acentuada de la indolencia. Pensarlo así es triste, desgarrador. Saber que uno no da más por mucho que se esfuerce, que no puede más a pesar de los padres o los hijos o los colegas o hasta las familias en el extranjero, que lo único que pasa por la mente es el deseo de tirar la toalla pese a las propagandas de cartón. Pero está permitido tocar fondo, asquearse, pasar de todo. Está permitido mutear el televisor y no creer en lo que se ve. Está permitido encerrarse en una burbuja, cosa que está más de moda con el paso de los días, y no querer salir de ahí, para nada ni para nadie. Está permitido saltarse los compromisos, los esfuerzos. La lógica lo indica: con tal de sobrevivir, a falta de exilio, insilio. A falta de explosión, implosión.

Hay tantas Habanas como intentos de sobrevivirlas. La cantidad de Habanas es directamente proporcional a las maneras de buscarse la sobrevida en ellas. La Habana, colapsada por todos los flancos posibles, es una ciudad que mira por los distintos ojos de quien la habita. El médico, la maestra, los ingenieros, arquitectos, técnicos, todos arrastran tras de sí la insatisfacción de un salario escaso —siempre lo ha sido, pero con la inflación más—, de una realidad hostil, de una vida forzada a la resiliencia. 

La proliferación de mendigos es algo preocupante también, desde hace rato. Proliferan sin más, tienen su espacio para dormir —si lo encuentran—, con los pocos trapos que logran conseguir —si los encuentran—, ¿y la vida? La sobreviven como pueden, con más dificultades que el promedio, por supuesto, pero en el mismo ruedo, en la misma vía. Ya no solo se la buscan de la manera que les queda: pidiendo dinero, sino que lo hacen pidiendo cantidades desorbitadas. Ya uno puede ir por la calle y toparse con algún mendigo dispuesto a pedirle hasta cien o doscientos pesos. Cuando uno choca con esas situaciones, de verdad quisiera ayudar, por lo menos a mí me pasa. Imaginarse, ponerse en esos zapatos, es lo terrible de la historia, la empatía casi que está en peligro de extinción, pero, ¿cómo darle cien o doscientos pesos a alguien que se aparece de repente, si de ese mismo dinero que uno pueda tener, depende el almuerzo o hasta la comida de ese mismo día? Es encontrarse entre la espada y la pared, entre los principios y la precariedad. 

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Salir a fotografiar la dejadez con mi Nikon D3200 a veces duele: una casa de cien años o más sin poder arreglarse, otra casa improvisada con lo que se ha podido conseguir, una venta de garaje donde a veces la chealdad se exhibe a gritos, un portal donde no se sabe si hay una venta de garajes o una tendedera de ropas secándose al sol, un hombre que husmea en basureros, los propios basureros desbordados y los perros que husmean por igual, una guagua atiborrada. Un mendigo, precisamente, que pide dinero por Infanta, una señora le da tres pesos y al momento, el mendigo insulta y le tira los tres pesos a la señora. Al parecer no lo convencen tres pesos, quiere más, sí, la vida está muy dura como para mendigar solamente tres pesos…

Emmanuel Montes Álvarez

Emmanuel Montes Álvarez (La Habana, Cuba, 1996). Licenciado en Letras por la UCPEJV. Autor de la novela Los días que pienso en ti (2023), de la editorial Avant, Madrid, España. Ha publicado textos en revistas nacionales e internacionales, como Interliteraria y Nostos, de México, Letralia de Venezuela, CdeCuba, Carcaj y Saranchá de España, e Hypermedia Magazine. Ganó la beca de escritura creativa del Programa Transcultura de la UNESCO.  


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