Orejas
Franco Antonio Giovanella
(…) para oír el silencio aguza los oídos
escúchalo una vez y no vuelvas a oírlo
si te tapas la oreja izquierda oirás el infierno
si te tapas la derecha oirás... no te digo
Fabio Morábito
I
Solo a través de una fotografía podemos ver las propias orejas. Es imposible hacerlo de otra manera; existir y mirarnos las orejas. Son los otros quienes saben de qué manera ambas están puestas sobre nosotros y lo que adentro de ellas existe. Si lo vemos así, las orejas constituyen un sitio que nunca podremos visitar, a menos que sea a través de un tercero, a través de aquellos a quienes entreguemos nuestra confianza para que las observen.
Somos tierra lejana para nosotros mismos; muchas partes de nuestro cuerpo son lugares que nunca podremos ver. Y nombrarlo sería la única manera que poseemos para convertir aquello que no está a nuestra vista en propiedad privada; decir: «orejas, corazón, esternón, fémur»; decir: «debajo de la piel, la carótida se dibuja como río permanente».
Todo lo que sé sobre mis orejas, antes del espejo, es a través de las manos. Los dedos, el índice especialmente, han visitado estos dos planetas, los mismos que le avisan al mundo si por el cuerpo han pasado diez, cuarenta o sesenta años; el cartílago, en la vejez, puede sufrir degeneraciones, la gravedad hace lo suyo, y entonces podemos llegar a observarlas, sentirlas, como hace años a mi abuelo se le veían: alargadas, engrosadas y gigantes.
Mi abuelo ostentaba un don especial si hablamos de orejas; podía moverlas a consciencia. Durante nuestra infancia, cada domingo fuimos su público más fiel; mis hermanos y yo acudíamos a presenciar ese talento extraordinario. Mi abuelo nos veía desde su silla, para luego animarnos a prestarle toda la atención que un acto como ese podría demandar. Reíamos a carcajadas, como si las risas de cada uno de sus nietos fueran hojas del árbol que mi abuelo fue. Él nos daba aquellas orejas suyas tal cual uno otorga un regalo. ¿Cuántas veces el cuerpo no es sino una ofrenda?
Mi abuelo nos regalaba sus orejas, luego sus ojos alegres y, al final, su nariz fruncida. Nos hacía reír a través de las orejas; nos abrazaba con ellas.
II
Solo Alan lo aprendió, pero todos en casa quisimos entrenarnos para lograrlo de verdad. Preguntábamos a los otros si lo habíamos hecho, si, súbitamente, estas nos habían hecho caso, pero solo Alan lo heredó, de mi abuelo, el movimiento de aquellas dos preguntas que bordean nuestras cabezas.
Aunque dicen que es posible para aquel que quiera aprenderlo, aletear las orejas a voluntad; que todo se debe a que los tres músculos de la oreja están unidos al nervio facial, gracias al cual podemos generar muecas que delatan nuestras intenciones. Sin embargo, tan pronto abandonamos el país de la infancia, olvidamos la gimnasia que le faltaría por siempre a nuestras orejas. Alan, que un día viajaría a kilómetros de aquí, también se llevó aquel secreto.
Pero a veces, cuando estoy sola, voy a la habitación de la memoria, me siento junto a mis hermanos, arropados por el sol del domingo, y lo vuelvo a intentar. Le pregunto, mirándolo fijamente, «Abuelo, ¿ahora sí se movieron?».
III
Tal vez solo se trata de un código que Alan y él aprendieron a descifrar. Ambos sabían algo que nosotros entenderíamos después: «Aquí, esta gracia, esta posibilidad del cuerpo, es nuestro lenguaje, nuestro léxico familiar».
IV
Me produce miedo saber que algún día se apagará la vida, como lo hicieron aquellas canciones que tanto le gustaban escuchar a la abuela por la radio. Pienso, mientras estoy por última vez en su casa, que la vida es sobre todo ruido. Mi abuela hace tiempo que dejó de escuchar con claridad. Ahora sus dos orejas se han convertido en flores. Las palabras de los otros se le han quedado afuera, y solo las recibirá si hablamos más fuerte y le repetimos por partes lo que le hemos dicho.
Quizá es que las orejas se le han abierto por dentro, para que pueda escuchar su propia voz, con más claridad, aunque nosotros creamos que esta discapacidad auditiva significa solo silencio.
Abuela, ¿a dónde van las palabras que pronuncias al interior de ti? Le digo sin hacerlo, repitiéndole cualquier pregunta para que así me cuente lo que crece en esa casa que tampoco podré visitar. Pero lo que recibo son retazos de un telar más extenso, fragmentos de su infancia que recuerda con precisión, luego canciones para mí desconocidas. Trato de hacer algo con lo que ella me da, zurcirlo con preguntas absurdas, elaborar un texto que pueda albergarme.
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V
Me queda la esperanza de que la oreja interior de la abuela pueda heredarse y en el futuro se abra en mí, hacia adentro. Una oreja que tenga la misión de solo escucharnos a nosotras mismas. Una oreja que no prestemos a nadie.
VI
Cuando detectan nuestra vergüenza, nuestro nerviosismo y nuestra culpa, se inflaman. Rojas de pena, nos incendian las manos y nos damos cuenta de que el calor se ha anidado allí; las orejas son nuestro termostato emocional. Ellas abren o cierran el riego de la sangre que viene de lo que nos atraviesa; si el exterior fue inhóspito, si nuestra pena es visible, basta con tocarlas y conocer el estado de la cuestión.
VII
También las orejas encendidas pueden ser bellas. Lo comprenderé mucho después de haber cerrado aquel libro de Kawabata en el que las bellas durmientes expiden de sus orejas ese «matiz rojo, cálido y sanguíneo». Sabré después de que el libro se transforme en carne de mi memoria, que las orejas rojas son nuestras primeras lecciones de color.
Decidiré comenzar un diario, y en él inscribiré las orejas de mi abuelo, las pequeñas de mi madre, aquellas recién crecidas de Diego, anotaré en mayúsculas las orejas de David, frías y rojas al mismo tiempo, junto a ese rubor asomado también en su nariz. Entonces entenderé que, aunque el invierno transcurría entre los dos, bastaba con ver el rojo de sus orejas para saber a dónde se había ido el calor.
VIII
También nos recuerdan al mar, cada oreja que vemos, por su semejanza a los caracoles. A la orilla de la playa, levantamos uno y en seguida lo colocamos en torno a nuestra oreja izquierda, luego otro, y al final uno más, porque esta es una de las maneras en que podemos leer lo que nos dice el agua. Cada caracola distinta en su espiral, en su alegre vaivén, nos da una nueva palabra.
Son orejas de aquella siempre eterna mujer vestida de blanco. Ojalá supiéramos desde antes, desde siempre, que este cuerpo está hecho a su imagen y semejanza.
IX
Aldo creció con una oreja distinta; la izquierda, ola y laberinto, olvidó florecer como las demás. El cuerpo tiene sus formas de nadar hacia la orilla del mundo. Como una caracola distinta, vimos que en ella también el túnel de las palabras se abría paso, y su forma inusual era solo signo de la belleza que existe en aquello que se niega.
«A mi hermano le falta un pedazo de oreja», solíamos contar; «Tengo un hermano que nació sin un pedazo de oreja». Honestos y a veces crueles, nos gustaba repetir aquella historia, nos gustaba traerla a cuento cada vez que se podía, la narrábamos a todo aquel que se dejaba; mi madre lo contaba con ternura y mi padre con nostalgia, aquel día en que lo vieron por primera vez.
Creamos con palabras, con la suma de historias, una nueva región para nuestra geografía familiar; allá nos reuníamos en torno a esta pieza que pronto nos faltó a todos en casa. De pronto, una oreja común se asomó.
X
La verdadera intimidad tiene que ver con las orejas. ¿Seré capaz de ver crecer las orejas del otro? ¿Seré capaz de ver adentro de ellas? Son grandes preguntas.