Ser madre: un ensayo sobre no querer

Umanoide

Bebés de plástico, salas de parto y llanto

Nunca me gustaron las muñecas de trapo ni los bebotes de plástico, esos con los ojos brillantes y azules. Si iba a la casa de alguien cuando era chica, los evitaba porque me incomodaban, corría la vista para no tener que mirarlos. Por suerte en mi casa nunca los compraron; de ser así, los tendría que haber escondido para dormir, porque me daban terror esas caras tétricas. Ese ojo fijo que observa. 

El miedo a los bebés de juguete se fue exacerbando durante mi infancia, llegando a su máximo cuando vi la película Chucky. Desarrollé una especie de fobia: veía los bebés de plástico y se oscurecía todo a mi alrededor. Me quería ir, escabullirme por algún hueco y evitar al muñeco.

Supongo que son miedos entendibles para alguien de diez años (¿lo son?, en realidad no estoy tan segura), muchos de ellos los traté con la psicóloga a la que iba en ese momento. Los años pasaron y en mi adolescencia Chucky quedó enterrado en mi memoria junto a muchos otros personajes de la cultura pop del terror, pero los bebés me siguieron incomodando. Ya no era fobia: podía compartir un cuarto con uno, saludarlo, sonreírle. Sin embargo, se me erizaba la piel frente a la presencia de un bebé. ¿Qué le pasa a ese ser que demanda tanto?, ¿por qué es tan imposible de calmar? El llanto desconsolado me aturdía, la mínima risita —que parecía dar por hartazgo, para que ya no lo molestaran los adultos— me resultaba extraña.

 

Llegaba un primo nuevo a la familia y había que ir a conocerlo a la clínica: todos apretados en esa habitación donde se respira olor quirúrgico de hospital, donde el aire parece cargado de un sinfín de emociones. Miraba al resto y los notaba fascinados, desbordados por un amor instantáneo por el bebé. Llegaba la pregunta, ¿lo querés sostener? Dudaba, pero terminaba diciendo que sí por cortesía, por presión, ya que todos lo hacían con gusto: está bien, bueno. Me sentaba en el sillón del cuarto, me acomodaban, y finalmente lo apoyaban en mis brazos. Recuerdo mi cuerpo tenso y mi vista fija en los ojos del bebé, esperando una reacción, un indicio de algo humano. 

Todos los bebés recién nacidos que sostuve terminaron igual conmigo: llorando. Me dijeron que es porque perciben mi miedo, entonces se ponen mal. Yo miraba a mi mamá o mi papá o hermano o tía o tío o primo con pánico: sáquenme a este bebé de encima, por favor. Lo llevaban con la mamá, que lo calmaba rápido, y la paz volvía al cuarto de clínica. 

Yo me sentía culpable porque lo había hecho llorar y entonces pedía perdón. A veces me iba directamente al baño o al pasillo. Nadie parecía sentirse como yo, se veían todos hipnotizados por ese pequeño humano. Le querían apretar los cachetes, besuquear, tener a upa. Yo me sentía incómoda, e intentaba abstraerme de la situación.

Recién cuando fui más grande empecé a animarme a expresar lo que me pasa: no me gustan los bebés. 

La respuesta: ay Lara, qué exagerada, entre sonrisas incómodas.

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Esos seres extraños

No es aversión, ni asco, no sé explicarlo bien. Me resultan incómodos, como una llaga en el costado de la boca. No es culpa del bebé en sí, eso lo tengo claro; tiene que ver con el paquete completo, todo lo que traen consigo: una capa sobre otra sobre otra de mandatos para las mujeres, asentados en la sociedad hace tanto tiempo que ya tienen un recubrimiento de pelusa fácilmente visible.

El mandato viene con una expectativa que me pesa en exceso cuando estoy frente a un bebé: tengo que poder calmarlo, tengo que sostenerlo y mimarlo, tengo que ser paciente. Pero no me sale con naturalidad, siempre que lo hago es por el resto, forzado, con una expresión de desorientación por no saber qué hacer ni cómo hacerlo. Y se nota.

También está la contracara de esa sensación de confusión, y es la inquietud. La curiosidad. Los quiero lejos, mantengo una distancia prudente con el llanto, los pañales, la papilla, pero parada ahí, en la otra esquina del cuarto, me encuentro observándolos: esas personas que no parecen personas, que son un intermedio, un ensayo todavía de lo que van a ser después. Y los encuentro tan frágiles, tan dependientes de otros, que me espanta la idea de esa dependencia absoluta y necesaria para vivir…

Lara Buonocore

Lara Buonocore (Buenos Aires, Argentina, 2000). Estudia la Licenciatura en Artes de la Escritura, en la Universidad Nacional de las Artes (UNA). Escribe artículos y ensayos sobre literatura, arte, cine, y cultura para distintos medios digitales independientes, entre ellos Chelsea Hotel Mag, Rock y Arte Divulgación Cultural, Counter Arts y Modern Women. En el año 2022 fue seleccionada y participó en el Festival Artístico de la Universidad Nacional de las Artes (FAUNA), en las categorías de Poesía y Ensayo.

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