Hay imágenes que te parten el día en dos

Matt Hardy

Me acerqué al río en el atardecer, y de nuevo

tuve la sensación de estar, no en la orilla, sino

en el interior de un inmenso círculo de agua.

J. J. Saer. El río sin orillas

¿Por qué tantos documentales empiezan, terminan o incluyen una escena con agua? En el mar, en una pileta, en un lago, en un río. Los cuerpos protagonistas se sumergen y la cámara con ellos. Vemos retazos de piel entre las burbujas. 

Y el color del agua. Porque cuando el agua se mueve cambia de color. Y el reflejo del sol o la luna. Que son reflejos diferentes. 

Este documental empieza con el primer plano de una ola, o sea que la cámara está apoyada en la arena de la costa y filma la ola que viene, la baña y se va haciendo espuma. La cámara mira al mar. En el mar no hay cuerpos, solo agua que se mueve, que hace burbujas y que refleja el sol. Ahora la cámara se mete al mar y mira, desde allí, la costa. En ese vaivén de un cuerpo flotando y siendo abrazado por las olas, la cámara muestra una pequeña porción de arena seguida inmediatamente de una ciudad. La cámara enfoca y desenfoca, y en los momentos de mayor nitidez nos damos cuenta de que hay escombros. Una ciudad y sus ruinas. 

Hay imágenes que te parten el día en dos y generalmente están en las noticias. Y ahora en las redes sociales que se comieron a la tele y todo pasa allí. Pasa más desordenado; no es un noticiero donde ves la noticia, pero es una porción de esa línea continua que desplazás con el dedo cuando estás dentro de una red social. Es una porción de la continuidad entre el reel de @foodjournalistee y el carrusel de @catafitness en la que ves el microvideo de un atentado, el momento justo en el que la bomba estalla, o el misil cae, o se llevan a una chica, o sacan a un niño muerto de entre los escombros. Y esas imágenes están ahí, te topás con ellas en un deslizar de dedo; podés seguir avanzando, sin embargo, algo en el sonido, algo en la toma o en el movimiento tembloroso de la cámara hace que te detengas y te quedes enganchado a la repetición infinita de un video que dura solo cuatro segundos y vuelve a empezar. 

Al cine le cuesta resistirse al encanto del agua. Por eso hay montones de escenas con personajes entrando al mar que podrían haberse evitado. La del documental sobre Benesdra, por ejemplo, en la que se reproduce una innecesaria entrada al mar, protagonizada por una exnovia del autor. Pero en este no, en este el mar es importante porque es el límite natural de la ciudad en cuestión. De un lado el mar, del otro, una muralla de concreto y armas. Entonces el mar es el límite más prometedor. Uno puede seguir mirando el mar aunque a su espalda exploten las bombas. 

El sonido también es importante en este documental. Cuando la cámara se enfoca al mar, no es el mar lo que se escucha, es música. Y cuando la cámara sale de la costa y se mete en las calles, no se escuchan los cascos del caballo que tira del carro que lleva a un niño que junta botellas, lo que se escucha es música. Y la velocidad también es importante en el documental, porque en las primeras tomas todo pasa en cámara lenta: el caballo, con el carro, con el niño atravesando una montaña de basura y escombros; el niño alzando el rebenque, queriendo domar al caballo que, terco, no avanza; el niño juntando botellas de plástico. Los sonidos del ambiente se escuchan ahogados detrás de la música, como debajo del agua. El niño habla, dice que hace mucho calor y que es difícil aguantar porque es pequeño, que junta lo más que puede para ayudar a su familia. La lengua que habla está llena de sonidos guturales y laterales. Me imagino su lengua pegando latigazos y su garganta, donde nacen los sonidos, constantemente forzada. Todo es arduo para ese niño —pienso— hasta hablar su propia lengua. 

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Algunas películas, pero sobre todo los documentales, generan esa sensación de que no vas a poder olvidar lo que ves. Son imágenes de terror pero sin fantasmas, ni zombies, ni vampiros. Imágenes que eventualmente se irán desprendiendo de la retina pero que esa misma noche te causan pesadillas o un terrible insomnio. Y ansiedad, porque son imágenes que te muestran lo que te puede pasar a vos, a tu familia, a tus amigos, con solo un giro de las circunstancias. 

Los niños son los protagonistas del documental. Porque en las zonas de guerra, la mejor manera de mostrar el asedio es con la muerte y el sufrimiento infantil. En la segunda escena aparece otro. Está parado frente al edificio en ruinas que era antiguamente su casa, mira a cámara, su mano sobre la cintura. La cámara lo sigue por las ruinas de su hogar. Dice que volvió para ver si podía recuperar algo pero descubre que no quedó nada entero. Todo a pedazos y los pedazos no sirven para armar algo. Luego está sentado en una reposera contando lo que vivió. Luego, parado en uno de los pisos de la casa, la cámara lo enfoca desde abajo y la pared que debería tapar al niño ya no existe; él mira desde allí. Después está armando una fogata dentro de las ruinas. Parado frente a cámara y con el desastre rodeándolo, cuenta que su hermano tenía veintidós años, que lo mató un bombardeo, que lo vio con sus propios ojos, que el pedazo más grande que quedó de él era así, separa un poco sus manos y mira el espacio entre medio. Los pedazos no sirven para armar algo. 

@katymakeup me habla desde un reel en su cuenta de IG. Parada frente a cámara, en un medio plano, podemos ver su musculosa ajustada, el nacimiento de sus pechos. El plano es lo suficientemente amplio como para que podamos sentir sus tetas sobre nosotros y el movimiento de sus brazos que, gesticulantes, acompañan el esfuerzo argumentativo. Hace una comparación inversa, esto no es lo mismo que esto otro, dice. Separa aguas. Se la ve preocupada. Dice que está triste por todo lo que está pasando. Varias influencers insisten en la división, una cosa es un grupo terrorista y otra cosa es un pueblo, un país. @Natylas sube una foto de su mejilla izquierda en primer plano, una lágrima cayendo. «Paz en el mundo», se lee en la descripción. @kekusoyyo, foto de espaldas, una bandera azul y blanca con una estrella en el medio la cubre entera. 

El plano empieza con una niña caminando por los pasillos de un hospital. Camina con dificultad y una mujer mayor la ayuda a desplazarse. Muestran las curaciones en la panza de la niña. Ella grita en su lengua, desde la garganta. 

En otro plano el hijo de un ambulanciero. El padre murió haciendo su trabajo, junto a otras doce personas a las que había rescatado de un ataque. 

En otro, una niña en una escuela. 

Había tregua ese día pero comenzaron a caer misiles…

Wanda Oliver

Wanda Oliver (Buenos Aires, Argentina, 1987). Es de Moreno, zona oeste del conurbano bonaerense. Profesora de Lengua y Literatura en escuelas secundarias. Actualmente reside en Bariloche.

http://instagram.com/oliverwyz
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